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P. Miguel Torres Inthamousu, sj (1925-1973)

P. Miguel Torres, sj
P. Miguel Torres, sj

Nació el 25 de marzo de 1925.  A los 11 años ingresa en la Apostólica del Colegio Seminario a cargo de los Padre Jesuitas. El 8 de abril de 1940 ingresó a la Compañía de Jesús, inaugurando el noviciado de Montevideo, en la calle Caiguá. Cursó sus estudios sacerdotales en el Colegio Máximo de San Miguel en Buenos Aires. Fue ordenado sacerdote el 22 de diciembre de 1956.

Trabajó en el Colegio San Javier de Tacuarembó, dedicado a la formación agraria de los jóvenes. Reconocido como un gran liturgista, su carácter alegre y comunitario lo llevó a colaborar en Misiones Rurales.

Completó su formación en Córdoba en 1959, teniendo como superior al P. Francisco Zaragozí y entre sus compañeros de probación, los  Padres Miquelerena, De Terra y Raúl Patri, entre otros.

En 1960 se incorpora al clero de la Diócesis de San José de Mayo. Desempeñó tareas sacerdotales en la parroquia de Libertad y también en Trinidad, para radicarse en 1964 en la Parroquia del Barrio Manuel Artigas (hoy Barrio Industrial) en calidad de Párroco.

Cultivó la amistad a toda hora. Las puertas de su casa siempre estaban abiertas. Nadie que haya llamado se fue sin el consuelo que emanaba de un hombre piadoso. Sirvió a todos por igual, teniendo presente la frase del Maestro, “he venido a servir y no a ser servido”. Su barrio sabe lo que fue el Padre Torres para aquella comunidad.

Supo vivir alegremente su apostolado y lo realizó entre los folkloristas, los amantes del teatro, de la música, junto a los artistas. Hombre ocurrente y de mil anécdotas, con una gran capacidad de reír en especial de las creaciones de su propia fantasía y bohemia.

Hombre celoso de su misión. Sentía y vivía profundamente su vocación. Se dio a todos en total entrega hasta descuidar su salud. Tuvo siempre preferencia por los más humildes y desamparados. Recorrió palmo a palmo la campaña. Sintió con el campo como el mejor. Era un enamorado de los pagos paternos como decía al referirse a Mal Abrigo, González, Cerros Negros, Arroyo Grande y las Sierras. Y hasta allí llegó con la Virgencita de la Sierra, impulsando un cariño y admiración por la Madre del Cielo, que se realizaba en demostraciones populares de gran devoción.

Se dio a la causa de Cristo, que era su razón de vivir, sin ninguna clase de reticencia. La noche y el día; con tiempo frío o lluvioso; en los malos o buenos caminos; a la hora de las dificultades, o cuando el sol todo lo hacía brillar, siempre y en todo momento el Padre Torres vivía para su misión sacerdotal, limpia, abierta, franca, amistosa. En todos aquellos con los que se relacionó dejó la impronta de “cura gaucho” de “cura bueno”…

Falleció el 14 de julio de 1973 a la edad de 48 años.