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Mons. Antúnez: “Que esta Semana Santa sea un tiempo fuerte de gracia en tu vida, de conversión, de transformación de tu existencia”

Compartimos la reflexión de Mons. Fabián Antúnez SJ, obispo de la Diócesis de San José de Mayo, compartida en el espacio “Palabra de Vida” en Puerto de Encuentro (Radio María Uruguay y Radio Manía) y “Momento de reflexión”en Radio 41 AM 1360, de este Domingo 13 de abril de 2025 (Domingo de Ramos en la Pasión del Señor).

Un saludo muy grande para toda la audiencia de Palabra de vida. Se habla Monseñor Fabián Antunes, obispo de la Diócesis de San José de Mayo. En este domingo comenzamos una vez más la Semana Santa. Esto que está en el corazón, en el centro de nuestra fe. Y el desafío para cada uno de nosotros es el de acompañar al Señor, estar cerca, dejarnos mirar por Él, dejarnos reconciliar también por su costado abierto, ese corazón del cual mana sangre y agua. Fuentes de la misericordia. Las gracias a recibir serán diversas para uno será una mirada que perdona, para otros será un poder levantarse de las caídas, de los tropiezos, de las fragilidades, para otros quizás un perdón que está siendo imprescindible, que está siendo necesario o una nueva luz para el año, para la misión, para la familia. Si no estamos cerca, perderemos de poder recibir aquella gracia particular que que el Señor quiere regalarnos. Pero esto supondrá caminar junto a Él por los caminos estrechos de la Pasión, para también poder llegar a la resurrección. El Domingo de Resurrección, Domingo Pascual.


La pasión esconde este misterio de amor de Dios hasta el extremo. Un amor que se dona, que se ofrece, que se ofrenda. Nos animamos a entrar a Jerusalén. Es un símbolo de esa ciudad santa donde el Señor viene a dar la vida. Deseamos recibir aquella gracia particular que el Señor quiere regalarnos. Esto supondrá que en algún momento en la semana saquemos tiempo de encontrarnos con la Palabra de Dios, de poder leerla, meditarla. Editarla. Poder acercarnos y hacer alguna visita al Santísimo. Poder también acercarnos a los lugares donde hay más dolor. Los hospitales, las cárceles, los lugares de fragilidad. Y traer también en la memoria y en el corazón este nuestro mundo convulso, donde vemos el problema de la guerra, problemas medioambientales, el problema de la pobreza, todo este universo en donde la vida está amenazada, donde la vida parece cada vez más frágil. En el corazón cada uno podemos experimentar distintas tentaciones de huida con diversas formas de distracciones que la sociedad nos propone. Es no mirar esto como Semana Santa, es concebirlo solo como turismo y un turismo muchas veces que nos lleva al superficial, a la superficialidad consumista en el culto a las dispersiones, el desviar la mirada de nuestro propio corazón y también el desviar la mirada ante el necesitado. El cerrarnos cada uno en nuestras culpabilidades, en nuestras heridas, sin permitirle a Dios el poder ejercitar su arte de la misericordia, el venir a sanar nuestra interioridad.


Por lo tanto, el desafío consiste en tomar una vez más conciencia agradecida del amor de Dios que se derrama, y abrir nuestros corazones a su gracia, que nos impide abrir nuestro corazón a su amor, a su entrega, a su donación, que forma toma en nuestras vidas las superficialidades, las frialdades, las mediocridades. Haciéndonos presente este Domingo de Ramos en la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén. Podemos también preguntarnos por el sentido del éxito en nuestra vida, por la manera como lo vivimos, cómo lo agradecemos, como también lo recibimos, como venidos de manos de Dios. El Señor que entra a Jerusalén este Domingo de Ramos se alegra sinceramente con su pueblo, con el pueblo que lo reconoce, que reconoce en sus gestos la visita de Dios. Pero sabe también el Señor de la fragilidad de este pueblo? Son nuestras mismas inconsistencias. Un día estamos cerca del Señor, lo reconocemos, lo amamos, le agradecemos su presencia en nuestras vidas y en otros, Por el contrario, experimentamos la vulnerabilidad, la fragilidad que nos sucede como personas, como humanidad, que muchas veces nos cerramos a la Dios, al amor de Dios, nos cerramos a su gracia y preferimos otras maneras de vivir la vida que no nos plenifica por dentro. En ese pueblo que aclama al Señor en Jerusalén, que lo recibe con palmas, estamos cada uno de nosotros identificados, que muchas veces carecemos de esta fortaleza necesaria para sostener las convicciones, para defender también la justicia, la verdad, para defender al frágil, al débil. No se tratará de culpabilizarnos, sino caer en la cuenta de los claroscuros de nuestro corazón, de la fragilidad del amor humano, de la falta de memoria también de tantos beneficios recibidos de Dios. Y pedir, de la gracia de la fortaleza o la capacidad de poder levantarnos una y otra vez de las caídas. Esta pasión del Señor nos remitirá a distintos personajes que aparecen retratados. Pilatos. Barrabás. Simón de Cirene. El centurión romano. Pedro. Y uno podría agregarle nuestro nombre propio. Cada uno de nosotros que estamos llamados a jugar una historia.

 

En esta trama de la salvación entramos a la pasión con fragilidad, con vulnerabilidad. Deseamos contemplar al Señor abrir nuestros corazones a Su gracias a su gracia. ¿Quién soy yo en esta historia de salvación? ¿Qué palabra, que gesto de Jesús queda resonando en nuestros corazones? El Señor en esta semana se irá silenciando. Quedará cada vez más solo aquel que dio de comer a multitudes, que realizó grandes milagros. Vivirá la negación del amor de sus amigos. Vivirá las angustias y las angustias del dolor humano, vivirá también una aparente ausencia sensible de su Padre. Contemplarlo ante el Cristo. Contemplar al Cristo paciente que se presenta ante los tribunales. Meditar su llanto en el Huerto de los Olivos. Nos hundirá más profundamente en el misterio de su vida entregada por amor. El Señor no se baja de la cruz por amor a nosotros, por fidelidad al Padre. Y para sostener a tantos hombres y mujeres que a lo largo de la historia experimentarán la injusticia, la humillación, la ausencia de defensa de sus derechos. Traemos aquí tantísimas personas que están viviendo esta experiencia de la pasión. Deseo que este mensaje los renueve en su esperanza. Que se sientan acompañados por el Señor, que sientan que ese es su dolor. Tiene sentido que Cristo primero lo cargó sobre sí, lo asumió, lo redimió y lo ofrendó.


Podemos, en la Pasión del Señor, entregar también nuestras horas oscuras de lucha y aflicción, donde aparentemente Dios se ausenta de nuestra realidad y tenemos que continuar perseverando en medio de la oscuridad del camino. El velo rasgado del templo nos muestra un nuevo templo de Jerusalén. Aquel que hace morada en el corazón de cada uno de nosotros y nos invita a vivir la lógica del amor. La cruz del Señor en su cruz abrazada. El Señor nos muestra un Dios que perdona, que reconcilia a la humanidad. En ese perdón se nos abre para toda la fuente de la paz y la posibilidad de romper con los círculos de agresividad con los que nos vinculamos muchas veces con los demás. Pidamos entonces en esta semana el poder acompañar al Señor en su Pasión. El destronar de nuestros corazones la venganza, la violencia. Estos signos jamás hablarán de Dios y de la verdadera imagen de Dios que Jesús vino a presentarnos. Vivamos la gracia de que sea una semana intensa de poder acompañar al Señor y acompañar a los crucificados de nuestro tiempo con un corazón dispuesto a dejarnos modelar por Él. Y abramos nuestra vida al misterio de su misericordia, ese misterio que quiere hacer nuevas todas las cosas. Una bendición muy especial para ti, que me escuchas en esta Semana Santa. Que sea un tiempo fuerte de gracia en tu vida, de conversión, de transformación de tu existencia y que el Señor te bendiga. El que es Padre, Hijo y Espíritu Santo.