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Mons. Antúnez: “Pidamos al Señor que el cristianismo se nos meta adentro para que vivamos la vida como un camino de compromiso, una verdad que emerge en el encuentro y un apasionamiento profundo por los otros”

Compartimos la reflexión de Mons. Fabián Antúnez SJ, obispo de la Diócesis de San José de Mayo, compartida en el espacio “Momento de reflexión” en radio 41 AM 1360 de este Domingo 3 de mayo de 2026, V Domingo de Pascua.

Un saludo muy grande para toda la audiencia. Celebramos este Domingo, el Domingo V de Pascua, este tiempo que la Iglesia nos ofrece para pedir la alegría y la paz, los grandes signos del Resucitado y para preparar el corazón también para el Espíritu Santo, la persona amor de la Trinidad, que vendrá una vez más y se derramará en nosotros el día de Pentecostés.

La escena del Evangelio de este domingo transcurre en el ámbito de la Última Cena, donde Jesús realiza su testamento destacando lo importante, explicitando lo fundamental. Antes de partir de este mundo, me gustaría detenerme en algunas imágenes que nos ayuden a rezar. La primera imagen que nos brinda Jesús es que la casa del Padre, la casa de Dios, es una casa con muchas habitaciones. Se nos habla de una casa amplia, espaciosa, universal. La casa admite muchas simbologías. Puede referirse a la casa propia, a la iglesia, a la comunidad, al propio corazón. Allí se nos devuelve a cada uno el preguntarnos ¿cómo vivo el ser Iglesia? ¿Qué imagen tenemos de la misma? Nos sentimos identificados con una casa amplia y con muchos rostros o más bien, achicamos habitaciones y eliminamos espacios para sentirnos seguros con los nuestros, con los que piensan igual, con los que miran la vida en la misma dirección que nosotros. Todos tenemos la tentación de achicar horizontes apostólicos, acercar fronteras, defendernos. Qué desafío el de la inclusión, que desafío el de salir hacia las periferias haciendo más acogedor el espacio de nuestra casa.

Si nos animamos a mirar el mundo con los ojos de Dios, con los ojos de Jesús, veremos que en nuestro tiempo, en nuestra tierra, en nuestras ciudades, muchos carecen del lugar firme en el que hospedarse. Tantos carecen del hogar, no solo porque literalmente vivan en situación de calle, sino porque muchos carecen de amor, amor que contiene, amor que invita, amor que sana. Podemos pensarnos entonces en esta imagen de Iglesia en salida. Y Jesús que callejear la fe que va a buscar, que se hace el encontradizo, que sale al encuentro de los dolores humanos. Ojalá que podamos expresar esta imagen de Iglesia en nuestros gestos. nos viene al corazón aquellas palabras del Papa Francisco ‘prefiero una Iglesia herida por salir a buscar que una Iglesia enferma de auto centramiento’. Y esto que lo decimos de la Iglesia, lo podemos decir del corazón de cada uno de nosotros, que muchas veces se nos neurotisa, se nos envicia en el encierro, queda fijado en el individualismo hedonista. Por eso el salir a buscar, el salir a encontrarnos con los otros supone una disposición del corazón. Un corazón que antes tuvo que ser encontrado por el Buen Pastor, aquel que da sentido a nuestra existencia. Este pastor que es Jesús, nos señala un camino, nos presenta una manera de entender la verdad y un modo de vivir la vida.

Cristo nos propone un camino. Él dice que Él es el camino, la verdad y la vida. El camino es el suyo, un camino cuesta arriba. Un camino que dirige al ser humano a la cruz, pero como antesala del Resucitado. Jesús no engaña. Nos invita a caminar junto a otros y por senderos que están marcados por las bienaventuranzas como propuestas de felicidad. ¿Cómo estamos caminando? ¿Caminamos o más bien, estamos paralizados en la vida espiritual? ¿Cuáles son aquellos atajos que muchas veces se nos ofrecen seductoramente para dejar de caminar? Nuestra vida de fe es una historia de caminantes desde Abraham, Moisés, Pablo de Tarso, Ignacio de Loyola y tantos caminantes que han recorrido senderos, lugares en búsqueda de las promesas de Jesús de Dios al corazón.

Otra imagen es la de la verdad. Cuando pensamos en la verdad, ¿qué imagen se nos viene al corazón? Algo que poseemos, algo que conquistamos Muchas veces afirmamos lo difícil que es encontrar la verdad en esta época de rápidos cambios, de cultura líquida, de relativismo, y tenemos el enorme desafío de discernir la verdad en esta cultura, renunciando, a mi modo de ver, a dos tentaciones. Una es el dogmatismo, la inflexibilidad y el otra es el relativismo, el activismo ausente de trascendencia. Ambas están atravesadas por la ideología de la verdad. Debemos, por lo tanto, pedir al Señor la sencillez, la sencillez que Él nos permita vivir la verdad como desvelamiento, como algo que se nos va revelando al fondo del corazón, como algo siempre en búsqueda, como algo nunca conquistado. Es más, lo que no conocemos de la vida de Dios que aquello que verdaderamente conocemos. Necesitamos la humildad, por lo tanto, del aprendizaje. La verdad, por lo tanto, no es un concepto que se posee, sino que es algo que se va dejándonos alcanzar cuando nos abrimos al encuentro con los otros y con el Otro, con mayúscula, que es Dios.

Y por último, la vida. La vida como don. La vida como regalo. La vida que hay que cuidar. La vida que hay que amar. La vida propia y la vida de los otros. Todo un arte en medio de la cultura de la muerte, de la agresividad, de la violencia, de la guerra, del maltrato. Te invito, me invito a amar la vida, a darla, a donarla, sintiéndonos amados por Dios, valiosos llamados al encuentro y llamados a generar la cultura de la vida. Pidamos al Señor que el cristianismo se nos meta adentro para que vivamos la vida como un camino de compromiso, una verdad que emerge en el encuentro y un apasionamiento profundo por los otros. Y que el Señor nos bendiga. El que es Padre, Hijo y Espíritu Santo.