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Mons. Antúnez: “Nos vamos de esta vida con aquellos que hemos sembrado en el corazón de los otros: tiempo, cariño, amor, amistad, aquello que no acumulamos, sino que lo hemos dado a otros.

Compartimos la reflexión de Mons. Fabián Antúnez SJ, obispo de la Diócesis de San José de Mayo, compartida en el espacio “Palabra de Vida” en Puerto de Encuentro (Radio María Uruguay y Radio Manía) y “Momento de reflexión”en Radio 41 AM 1360, de este Domingo 3 de agosto de 2025 (XVIII Domingo del tiempo durante el año)

Un saludo muy grande para toda la audiencia. En este fin de semana, en este Domingo, la primera lectura y el evangelio tienen en común el colocarnos delante, la tentación idolátrica, la fascinación que supone, entre otras cosas, el dinero y poder en el corazón, en definitiva, identificar la vanidad y la fugacidad de todo lo creado. En cada una de las cosas creadas se esconde un ídolo potencial que amenaza con convertirse en centro de nuestro corazón y por lo tanto, el gran desafío es realizar ese camino profundo de libertad interior frente a todo lo creado. 
 
Hacernos dóciles a la voz de ese Espíritu Santo que desea trabajar en cada uno de nosotros. Dejar surgir el hombre, la mujer nueva, conforme al Evangelio, supondrá un proceso íntimo de transformación del corazón y de los deseos. En el corazón humano laten las búsquedas profundas y también allí se asientan las malas inclinaciones. Aquellos pecados capitales que nos hablan de nuestras heridas, de las tentaciones que han ido calando hondo en nuestra afectividad, de la complejidad de nuestra persona. 
 
Todos tenemos carencias que intentamos llenar desde las apariencias, por donde sentimos en nuestro corazón la lucha espiritual. ¿Nos animamos a un proceso interior de transformación de la sensibilidad? ¿Qué pasos damos para escuchar al corazón y buscar madurar desde dentro? Necesitamos todos recuperar la pausa, el silencio interior que nos permitan escuchar al corazón tantas veces dormido. Y descubrir también qué es lo que nosotros generamos hoy, vida en abundancia. Es en el corazón humano donde se da la lucha espiritual. Y necesitamos dejarnos guiar en la toma de decisiones por la suave brisa del Espíritu Santo que viene a ser morada en nuestro interior y viene a transformar todas las cosas. Elegir, por lo tanto, supondrá tomar partido, optar en la vida. 
 
En el Evangelio, con suma claridad se nos presenta el riesgo de la avaricia y la tentación idolátrica del acumular el dinero. El dinero es un medio, pero tiene la potencialidad de abrir muchas puertas y muchas oportunidades. Posibilidades de comprar, de tener, de figurar, de pertenecer. Pero tiene en sí mismo el riesgo de convertirse en fuente de egoísmo, de corrupción, en factor de división en las familias, en la sociedad, entre los países. Basta mirar nuestro mundo atravesado por tantas guerras Para descubrir la fascinación que genera el dinero, el poder, la opresión del otro. En la imagen, en la parábola, un hombre rico se preguntaba ¿Qué voy a hacer? Es una pregunta pertinente, ¿qué voy a hacer con todo lo que tengo, con los bienes que tengo? Solo que la respuesta no entra en los otros. Una concepción de la vida centrada en el propio yo es la tentación de un extraño mecanismo de control que se nos dispara, donde la acumulación de bienes de dinero se justifica en aras de asegurar el propio futuro, el de los nuestros. En dicha concepción, los otros no entran en el horizonte. La dinámica de la empatía, de la compasión queda abolida y el yo narcisista se convierte en juez de toda la realidad. El hombre, cautivado por la codicia de los bienes materiales, comienza a negociar su ética y las búsquedas profundas del alma. Alma mía, tienes bienes almacenados. Se dice para sí mismo. Descansa, come, bebe, date a la buena vida. 
 
La entronización del dios dinero hace que el ser humano quede vaciado de sus búsquedas profundas. El amor de caridad, la solidaridad, la justicia, la compasión. San Ignacio de Loyola, en sus Ejercicios Espirituales, en la contemplación de las dos banderas, nos presenta propuestas que vienen de fuera y que seducen al corazón. La del mal espíritu que nos lleva por el camino de las riquezas, la vanidad de la imagen y la soberbia. Y la del Espíritu Santo que pasa por el desprendimiento, la libertad interior, la humildad. Cuando uno mira nuestro mundo, cuántas familias divididas por el dinero, cuántos pueblos en guerra, cuánta corrupción que anestesia la moral y que nos convierte en personas disociadas solo por la obtención del dinero. ¿Cuánta injusticia estructural que clama al cielo en la enorme diferencia de oportunidades entre los pueblos, culturas, culturas, personas? ¿Qué le sucede a nuestra sensibilidad? ¿Qué fascinada por el dios dinero, negocia la paz solo para acumular? ¿Qué pasos concretos sentimos que el Señor nos invita a transitar? Resulta necesario, por tanto, un manejo ascético del dinero, un examen discernidor que nos permita vivir la vida potenciando los valores profundos del alma, la capacidad de amistad, el disfrute de lo gratuito, la belleza del amor, la contemplación, el disfrute sincero de la paz de conciencia. Quizás la pregunta para ir terminando podría ser ¿cómo me gustaría que la muerte nos encontrase? En definitiva, nos vamos de esta vida con aquellos que hemos sembrado en el corazón de los otros, que paradójicamente, ha sido aquello que no acumulamos, sino que lo hemos dado a otros. Tiempo, cariño, amor, amistad. Pidamos la gracia de la sabiduría de usar bien los bienes de la tierra y que el Señor nos bendiga. El que es Padre, Hijo y Espíritu Santo.