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Mons. Antúnez “Que podamos ser instrumentos para saciar un poco el hambre de amor de Dios que existe en el mundo”

Compartimos la reflexión de Mons. Fabián Antúnez SJ, obispo de la Diócesis de San José de Mayo, compartida en la homilía de la celebración de la Santa Misa que presidió en Radio 41 AM 1360 y en Radio María Uruguay, junto a los “Mensajes dominicales” de los Obispos del Uruguay, de este Domingo 21 de julio de 2024 (XVI Domingo del tiempo durante el año)

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 6, 1-15

Jesús atravesó el mar de Galilea, llamado Tiberíades. Lo seguía una gran multitud, al ver los signos que hacía sanando a los enfermos. Jesús subió a la montaña y se sentó allí con sus discípulos. Se acercaba la Pascua, la fiesta de los judíos.
Al levantar los ojos, Jesús vio que una gran multitud acudía a Él y dijo a Felipe: «¿Dónde compraremos pan para darles de comer?»
Él decía esto para ponerlo a prueba, porque sabía bien lo que iba a hacer.
Felipe le respondió: «Doscientos denarios no bastarían para que cada uno pudiera comer un pedazo de pan».
Uno de sus discípulos, Andrés, el hermano de Simón Pedro, le dijo: «Aquí hay un niño que tiene cinco panes de cebada y dos pescados, pero ¿qué es esto para tanta gente?»
Jesús le respondió: «Háganlos sentar».
Había mucho pasto en ese lugar. Todos se sentaron y eran unos cinco mil hombres. Jesús tomó los panes, dio gracias y los distribuyó a los que estaban sentados. Lo mismo hizo con los pescados, dándoles todo lo que quisieron.
Cuando todos quedaron satisfechos, Jesús dijo a sus discípulos: «Recojan los pedazos que sobran, para que no se pierda nada».
Los recogieron y llenaron doce canastas con los pedazos que sobraron de los cinco panes de cebada.
Al ver el signo que Jesús acababa de hacer, la gente decía: «Éste es, verdaderamente, el Profeta que debe venir al mundo».
Jesús, sabiendo que querían apoderarse de Él para hacerlo rey, se retiró otra vez solo a la montaña.

Palabra del Señor.


Esta escena nos recuerda la Eucaristía, es un símbolo de la Eucaristía, de ese pan que se nos entrega, que se parte, que se comparte, que se reparte a una multitud para darles saciedad, no del pan material, sino del sentido de la vida, de la trascendencia, de esa sed de amor que está en el corazón de todos. Jesús levanta los ojos y ve una multitud, quizás como hoy, levantaría los ojos y vería nuestro mundo como una multitud hambrienta de amor, de finalizada en el sentido de la vida, quizás como hombres y mujeres que hemos perdido el norte, muchas veces sumidos en el consumo, anestesiados en la posibilidad de escucha al corazón y la oración y la trascendencia. Y también hoy nos invita y nos interpela a todos los cristianos, nos dice denles ustedes de comer, dar de comer, que lo que cada uno hemos podido también recibir y madurar en el propio corazón, que es al Señor que se nos entrega.

Pero para poder dar de comer a una multitud necesitamos misteriosamente de esto, del gesto de un niño que entrega y ofrece lo que tiene, parece muy pequeño. A veces nos miramos demasiado a nosotros mismos y sentimos la desproporción que hay en nuestro mundo. Pero el milagro de Dios es posible cuando ponemos en sus manos eso, lo pequeño, lo que tenemos, lo que somos. Cuando no guardamos para nosotros, cuando lo ofrecemos. Pienso en tantas obras de misericordia, la Madre Teresa dice en su momento ‘Si yo no hubiera levantado al primer enfermo de Calcuta que estaba postrado, no hubiera podido levantar a cientos de miles que después colocó en diversos hogares’. Lo nuestro es como una gota de agua en el océano, parece muy pequeño, pero si no colocamos esa gota de agua al océano, de falta de saciedad, de sed de Dios, sería aún mucho más grande. ¿Cuáles son los panes y los peces que puedo ofrecer? ¿Qué puedo poner en las manos del Señor para que Él haga el milagro? Y fíjese, ese es un milagro de sobreabundancia. No solamente se alimenta la multitud, sino que misteriosamente también sobra.

En un mundo que tiene hambre, en un mundo que está falto de sentido de la vida. En un mundo en el que estamos atravesados por el individualismo que cada uno retiene para sí los panes y los peces y no los pone en común.

Vamos a pedir al Espíritu que suscite en nuestra diócesis estos gestos generosos, gestos creativos que, mirando la realidad del mundo, se animan a ofrecerse lo que son, lo que tienen, lo que pueden. no. Hemos visto crecimiento de pastorales a partir de pequeños gestos, de personas que, descentradas de sí mismas, ponen en común sus sueños, sus deseos, sus talentos. Y Dios los bendice y se da el misterio de la sobreabundancia.

Vamos a pedir la gracia, por lo tanto, que no seamos avaros, que seamos generosos, que podamos compartir entre todos El Señor quiere darse, desea ofrendarse, quiere entregarse, pero necesita también de nuestro Sí. Vamos a pedir hoy también, frente a tanta abundancia del amor de Dios que se manifiesta en este gesto, frente a tanto misterio de la sobreabundancia de Dios en nuestras vidas, que podemos ser testigos cada uno reconociendo cuántas veces Dios ha multiplicado en nosotros panes y peces y nos ha hecho crecer, madurar y nos ha hecho experimentar los frutos de su actuar en nosotros y a partir de nosotros como instrumentos.

Vamos a pedir que esta palabra pueda llegar a tantísima gente que necesita también de saciedad, que necesita de este alimento de la Eucaristía que quizás no lo puede recibir, después vamos a hacer la comunión espiritual. Vamos a sentir también que Jesús visita sus casas, sus hospitales, sus lugares donde están más alejados y los atrae hacia sí. Con esa misma mirada compasiva con la que miró a la multitud. Pidamos hoy que nuestra Iglesia sea el lugar también donde se comparte, se reparte, se ofrece. Y ojalá, quiera Dios, que podamos ser instrumentos de saciar un poco el hambre de amor de Dios que existe en el mundo. Que así sea.