Mons. Gallone: “Un ejemplo para nosotros, San José en este año jubilar quiere ser imitado como hombre de la esperanza”

Compartimos el texto de la homilía que pronunció Mons. Gainfranco Gallone, Arzobispo titular de Mottula y Nuncio Apostólico en la República Oriental del Uruguay, el miércoles 19 de marzo de 2025, Solemnidad de San José, en la Basílica Catedral y Santuario Nacional de San José en la ciudad de San José de Mayo, Uruguay.
Excelencia, Mons. Fabián Antunez—Percincula Kaenel, S.I.
Queridos sacerdotes, religiosas y feligreses
Hoy celebramos la solemnidad litúrgica de Aquel a quien la Providencia de Dios Padre confió la custodia de su Hijo hecho hombre, San José, y lo hacemos en el Año Santo, que iniciamos hace unos meses con espíritu de esperanza. En esta Santa Misa queremos dirigir, en primer lugar, nuestra oración a Dios Padre, por intercesión de San José, por el Papa Francisco, quien nos llamó a vivir este Año Santo, pidiendo para él el don de la restauración de la salud y de la paz del corazón, para que pueda volver pronto a guiar la Iglesia con su sabiduría y su fe.
Si miramos con atención a San José, su vida modesta, nos parecerá más grande, más aventurera de lo que el tenue perfil de su figura evangélica ofrece a nuestra apresurada visión. San José, el Evangelio lo define como justo (Mt 1, 19); y un elogio más denso de la virtud y más elevado del mérito no podría atribuirse a un hombre de humilde condición social y evidentemente no apropiado a realizar grandes gestos. Un hombre pobre, honesto, trabajador, tal vez tímido, pero que tiene una vida interior propia e insondable, de la que le vienen órdenes y consuelos singulares, y de la que derivan la lógica y la fuerza, propias de las almas sencillas y claras, de las grandes decisiones, como la de poner inmediatamente a disposición de los planes divinos su libertad, su legítima vocación humana, su felicidad conyugal, aceptando la condición, responsabilidad y carga de la familia, y renunciando por un amor virginal incomparable al amor conyugal natural que lo constituye y lo alimenta, para ofrecer así, con total sacrificio, su existencia entera a las exigencias imponderables de la sorprendente venida del Mesías, a quien dará el nombre siempre santísimo de Jesús (cfr. San Paolo VI). Un ejemplo para nosotros, pues, San José en este año jubilar quiere ser imitado como hombre de la esperanza.
Comentando la expresión paulina que da título a la Bula de Indicción del Jubileo: «la esperanza no defrauda», escribe el Santo Padre Francisco: “San Pablo es muy realista. Sabe que la vida está hecha de alegrías y dolores, que el amor se pone a prueba cuando aumentan las dificultades y la esperanza parece derrumbarse frente al sufrimiento. Con todo, escribe: «Más aún, nos gloriamos hasta de las mismas tribulaciones, porque sabemos que la tribulación produce la constancia; la constancia, la virtud probada; la virtud probada, la esperanza» (Rm 5,3-4). Para el Apóstol, la tribulación y el sufrimiento son las condiciones propias de los que anuncian el Evangelio en contextos de incomprensión y de persecución (cf. 2 Co 6,3-10). Pero en tales situaciones, en medio de la oscuridad se percibe una luz.” (SNC n. 4).
Podemos aplicar estas palabras a la historia de José de Nazaret, el cual, como hemos escuchado hoy en el Evangelio, tuvo que pasar por la oscuridad de la incomprensión del designio de Dios, por la duda y la desolación, pero también por la persecución de su familia, con la que tuvo que probar el pan amargo del exilio y de la emigración a un país más tranquilo. El Evangelio nos deja entrever la actitud con la que supo caminar en medio de estas tinieblas, y las palabras del Papa «en las tinieblas se ve la luz», bien podemos decir que pueden describir también el camino de San José: «al despertar del sueño, José hizo como le había dicho el ángel».
Mirémosle pues hoy, en su fiesta litúrgica, para pedir su intercesión y su ayuda. También nosotros, en el camino de nuestra existencia, pasamos a menudo por días que ponen a prueba nuestra esperanza. Y si hoy alguno ha llegado aquí y siente que su corazón se derrumba en la esperanza, mire al hombre de Nazaret, el hombre justo que recibió de Dios la misión de custodiar la vida del Mesías y del a Virgen Maria, y encuentre en él el coraje para seguir adelante, para levantarse y para volver a caminar, creyendo en la luz que viene siempre del Señor, incluso en medio del sufrimiento.
En este pasaje de la Bula de Indicción, el Papa continúa: “…Y eso lleva a desarrollar una virtud estrechamente relacionada con la esperanza: la paciencia. Estamos acostumbrados a quererlo todo y de inmediato, en un mundo donde la prisa se ha convertido en una constante. Ya no se tiene tiempo para encontrarse, y a menudo incluso en las familias se vuelve difícil reunirse y conversar con tranquilidad. La paciencia ha sido relegada por la prisa, ocasionando un daño grave a las personas. De hecho, ocupan su lugar la intolerancia, el nerviosismo y a veces la violencia gratuita, que provocan insatisfacción y cerrazón.” (SNC n. 4).
Mirar a San José hoy nos puede ayudar a encontrar el antídoto a esta prisa de la que habla el Papa Francisco, una prisa que ya es interior, la llevamos todos dentro, y nos hace perder el sentido justo de las cosas, la medida de lo esencial, el ritmo del crecimiento de la vida. José supo acompañar el don de Dios en su crecimiento, no lo vio inmediatamente florecer en plenitud, lo experimentó pequeño, necesitado de cuidados y acompañamiento, y fue el protagonista principal de este cuidado junto a María. Como José no aparece en los Evangelios durante la vida pública y el ministerio de Jesús, ni en los relatos de su Pasión, la tradición nos lleva a decir que murió antes de que Jesús comenzara su predicación. Así que quizá no estemos lejos de la verdad si decimos que no vio el fruto de este cuidado. Su paciencia se alimentaba de una esperanza que permanecía abierta al futuro preparado por Dios, ese futuro que sólo contempló en sus confines más precisos después de su muerte.
Y también en esta actitud podemos tomar como modelo a San José. ¿Cuántas veces en nuestra vida estamos llamados a dar nuestra atención, nuestro tiempo, nuestro cuidado, a personas o situaciones que están creciendo, que aún no han alcanzado la madurez, y estamos llamados a no cansarnos de ello precisamente por la esperanza de que un día todo este amor florezca? ¿No le hace esto un padre a sus hijos? ¿Un educador, un maestro, con sus alumnos? ¿No es la esperanza lo que anima a una enfermera o a un médico cuando brinda atención a quienes aún no ven su recuperación? No esperamos a que el otro haya alcanzado la madurez, lo amamos y tenemos paciencia con él mientras esa meta aún no se haya alcanzado. Estamos llamados, como José, a tener una atención alimentada por la paciencia, que renuncia a todo lo inmediato y sabe soportar el peso de la gradualidad de la vida y de las situaciones. La paciencia de la que habla el Papa Francisco, que es otro nombre de la esperanza, es la virtud del agricultor: después de haber sembrado, sabe esperar, y sabe que la semilla crecerá, comprende y cree en el misterio escondido entre los terrones de la tierra, incluso durante los largos meses de invierno en los que ese secreto todavía permanece silencioso, pequeño. Y esto se aplica no sólo a la actitud que debemos tener hacia los demás, sino también hacia nosotros mismos.
Hermanos, hermanas, ¡el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones! La semilla ha sido sembrada: el Espíritu Santo ha realizado esta obra, ha depositado en nosotros el amor de Dios, ha transformado nuestra capacidad personal de amar en caridad, en semejanza con el amor de Dios. Quien ama con la fuerza que el Espíritu ha depositado en él, espera. Se nos ha dado un don, un poder espiritual ha sido colocado dentro de nosotros desde el día de nuestro bautismo, confirmado por nuestra confirmación. Este poder nos da el sentido de Cristo, nos ayuda a vivir como él vivió, a juzgar la vida y las situaciones como él las vivió y las juzgó. Más profundamente: nos hace participar de la relación que existía entre él y el Padre. El amor que el Padre tiene por el Hijo ha sido depositado en nosotros: éste es el milagro que produce el Espíritu Santo.
Es cierto que vemos este don fragmentado en nuestra pobre vida, quizá incapaces de acoger un amor tan grande por nuestras contradicciones, por nuestros límites, que por así decirlo hacen “pequeña” la presencia inefable e infinita de Dios en nosotros. Sin embargo, como San José, estamos llamados a tener una mirada de fe y de paciencia, ante todo con nosotros mismos, para que de ella nazca una gran atención, una solicitud profunda, que nos haga capaces de acoger cada vez más el don de la gracia en nosotros y hacerlo crecer. Seremos así padres y madres de la presencia de Dios en nuestros corazones, apoyaremos su crecimiento, acompañaremos su florecimiento, seremos sus custodios.
Que el gran patriarca San José, hombre de solicitud alimentado por la esperanza, junto con la Santísima Madre de Dios, la Virgen Maria nos conceda esta gracia de ser disponible al plan de Dios en nuestra vida y a colaborar por la santificación y redención del mundo. ¡Amén!