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Mons. Antúnez: “Vamos a pedir la gracia que la madrugada de la vida nos encuentre con las manos abiertas a la siembra”

Compartimos la reflexión de Mons. Fabián Antúnez SJ, obispo de la Diócesis de San José de Mayo, compartida en el programa “Momento de reflexión” (Radio 41 AM 1360) y en Radio María Uruguay, junto a los “Mensajes dominicales” de los Obispos del Uruguay, de este Domingo 16 de junio de 2024 (XI Domingo del tiempo durante el año)

Un saludo muy grande para toda la audiencia. El evangelio de este Domingo nos coloca dos imágenes para hablar del Reino de Dios. Imágenes vinculadas con la siembra, con la semilla y nos da a entender la clave de lectura de la realidad. Dios es el que asegura, por así decirlo, el camino de crecimiento de la semilla. A nosotros los seres humanos, lo que nos toca es la tarea de sembrar. Abrir las manos para la siembra. Entregar ese puñado de confianza puesto en las manos de Dios, que hará que las mismas germinen y den frutos. Las imágenes son por demás decidora. Una es aquella de la semilla que crece por sí sola, que viene a romper la lógica de este nuestro mundo, tan eficiente, tan pragmático, con tanta autosuficiencia donde pretendemos controlarlo todo, diagnosticarlo todo, preverlo todo. ¿Soy capaz de abrir mis manos a la siembra? ¿Pongo mi confianza en el Espíritu Santo que trabaja en el corazón de toda persona humana?

Los invito y me invito a esta tarea de confiar que Dios trabaja, que el Reino ya está en los corazones de muchos. Que Dios misteriosamente hace germinar algunas semillas y permite quizás que otras, necesitan de más tiempo para producir frutos. Trabajando en nosotros la paciencia, la confianza, la perseverancia, el soltar, el control, el entender que la vida son procesos que están en sus manos. Y la segunda imagen es la semilla del grano de mostaza, que es la más pequeña pero que llega a ser un gran árbol. Uno podría pensar aquí en la Madre Teresa, pequeños gestos hechos con gran amor, gestos sencillos de todos los días que hacen que el amor crezca hasta llegar a ser ese árbol enorme que brinda una gran sombra para que muchos puedan cobijarse bajo el mismo.

¿Me animo a los pequeños gestos? ¿Soy capaz también de derramar esa semilla que se concede, que se me ofrece, que se me dona en mis manos y que debo entregarla, o por el contrario, guardo y escondo mis talentos, o pretendo vivir solamente de lo grandioso, de lo esplendoroso?, cuando Dios en realidad nos está visitando en lo sencillo, en lo oculto, en lo pequeño.

Me viene a la mente aquello de Mamerto Mena hablando del sembrador, donde nos invita a comprometer las manos con la siembra. Lo titula él la misión de las manos. Y viene muy bien para estas dos imágenes, estas dos parábolas del Evangelio del domingo. Él nos dice ‘No tenemos en nuestras manos las soluciones para los problemas del mundo. Pero frente a las problemáticas del mundo tenemos nuestras manos’ Cada uno de nosotros no tenemos el poder de suscitar la primavera, pero sí tenemos la oportunidad de comprometernos. Así que la primavera nos encuentre a todos sembrando, sembrando, no sembrando semillas de odio, de división, de violencia. Por el contrario, nos toca a todos la siembra, la siembra de pequeños tablones sembrados con cariño, con verdad, con desinterés, jugándonos por la luz, en la penumbra del amanecer, en lo que está surgiendo, en lo que ya viene. Trabajo simple que nadie verá y que no será noticia. Porque la única noticia auténtica de la siembra la da la tierra, la da su historia y se llama cosecha. Y la cosecha le toca a Dios y en su tiempo.

Si podemos pensar que en nuestras familias, en nuestras comunidades, en la Iglesia, nos comprometemos a abrir las manos, a esparcir la semilla, a sembrar valores, a tener paciencia. A unirnos en la generosidad. Otro mundo seguramente será posible. Vamos a pedir entonces la gracia que la madrugada de la vida nos encuentre con las manos abiertas a la siembra, nos encuentre esperanzados, nos encuentre gozosos, nos encuentre pacientes para con el lento trabajo de Dios en el corazón de cada uno de nosotros y en la realidad. Y que el Señor nos bendiga. El que es Padre, Hijo y Espíritu Santo.