Mons. Antúnez: “Vamos a pedir la gracia de abrirnos al Resucitado que nos regala su paz, de partir el pan y compartirlo con los otros, como las primeras comunidades que reflejaban su amor en los gestos”

Compartimos la reflexión de Mons. Fabián Antúnez SJ, obispo de la Diócesis de San José de Mayo, compartida en el espacio “Momento de reflexión” en radio 41 AM 1360 de este Domingo 12 de abril de 2026, II Domingo de Pascua, Domingo de la Divina Misericordia.
Un saludo muy grande para toda la audiencia. Celebramos este Domingo segundo de Pascua, el Domingo de la Misericordia, donde el Señor nos ofrece el misterio de su corazón abierto por aquella lanza del soldado en la cruz, en la cual se derramó sangre y agua, símbolos de la divinidad y de la humanidad. Y donde el Señor todo se ofrece como fuente de misericordia, de amor, de paz, de reconciliación para cada uno de nosotros.
En la Pasión la comunidad se preguntaba ¿De qué sirve entregar la vida a un gran amor que ha de durar unos pocos años? ¿Qué hay tras esa puerta que significaba la experiencia de la muerte del Señor de la Pasión? ¿Cuáles son los detalles que necesitó la comunidad y que necesitamos cada uno de nosotros para creer, para convertirnos en testigos del Resucitado? Son preguntas que apuntan a lo fundamental, al corazón mismo de la existencia, a la fugacidad de las cosas, al sentido del sufrimiento humano, al misterio de la resurrección que vino a transformar definitivamente la historia. Esa historia de cerrazón, de miedo, de inseguridad que vivió la comunidad primitiva, que lo hacía tener las puertas tapiadas por miedo a los judíos y también las puertas del corazón cerradas a la experiencia, porque ha sido tan cruda, tan dura la experiencia del dolor y de la pérdida que muchas veces el corazón queda cerrado.
El Señor viene a voltear, voltear las paredes, voltear la incomunicación que hay en nosotros, ayudarnos a dejar a un lado los temores que nos paralizan, las tristezas que nos enredan por dentro, las inquietudes que nos afligen, viene a nuestro corazón a regalarnos su paz, preciosa la imagen. La paz esté con ustedes. Es el saludo que el Resucitado trae para la comunidad de sus discípulos. Y sopla sobre ellos regalándoles el Espíritu Santo, aquel Espíritu Santo que a cada uno de nosotros se nos ha regalado en el Bautismo y que desea propiciar en cada uno de nosotros también la creatividad en el anuncio y la pasión en el anuncio de la resurrección del Señor.
Le puede suceder a nuestro corazón también, como Tomás, aquel que necesitará integrar la experiencia de la fe en el Resucitado con una racionalidad fuerte. Tomás tiene que dar ese salto de escéptico a creyente. Tiene que ir haciendo un proceso interno muy grande, muy profundo, muy renovador de su experiencia. Tomás nos puede reflejar muchas de las características del hombre y mujer de nuestro tiempo, que cree en lo práctico, en lo que puede medir, que ha puesto sus ilusiones y sus esperanzas en el desarrollo científico técnico y al que le cuesta enormemente la experiencia del salto de fe, de la confianza en la resurrección. El Señor se muestra detallista con Tomás, le tiene paciencia, se hace presente respondiendo a sus anhelos. Trae tu deseo y colócalo en las llagas de mis manos. Trae tu mano y métela en mi costado, dice el Señor. Son esas heridas del Señor en la Pasión, las heridas que nos han curado y las heridas que vuelven con el Resucitado, ya sanadas, reconciliadas como fuente de compasión, como fuente de sabiduría. Son sus heridas sanadas, son sus heridas curadas las que también nos invitan a nosotros, como a Tomás, a hacer este proceso de escéptico a creyente, a convertirnos también nosotros en sanadores heridos de otros.
Acercarnos a besar simbólicamente el dolor de tantos hermanos nuestros. Jesús es capaz de convertir una amargura, una decepción, una desilusión extrema en un acto de fe. Y este es el proceso que se da en el corazón de Tomás y lo lleva a pronunciar aquella frase bellísima ‘Señor mío y Dios mío’. Allí se expresa una vez más la misericordia divina que logra sacar de nuestras pequeñeces, de nuestras faltas, momentos de encuentro y momentos de conversión. Tomás se da cuenta que aquello que despreciaba, aquello que juzgaba como un sueño, aquello era en verdad una alegría profunda y verdadera. Lo podemos imaginar hacia adelante, dando razones de su esperanza a la sociedad, de su tiempo, y también cada uno de nosotros, con el desafío de anunciar a otros al Resucitado.
¿Por donde se nos filtra la desconfianza. Las negaciones de la alegría. La paz que viene del Resucitado. En qué áreas de nuestra vida los dolores, las frustraciones nos han enquistado en la cerrazón? Te invito a que lo puedas nombrar, reconocer y abrirte al Señor, perdón que viene a nuestros corazones. La cultura ambiente. Hasta qué punto influye favoreciendo una concepción ausente de trascendencia. Vamos a pedir entonces esta gracia, la gracia de abrirnos al Resucitado que nos regala su paz y la gracia también de vivir el partir el pan y el compartirlo con los otros, como las primeras comunidades que reflejaban a los demás su amor en gestos. Y esto será una fuerza testimonial muy poderosa que ayudará a otros, seguramente a acercarse a la Iglesia. Y pedimos al Resucitado que Él nos bendiga, Él que es Padre, Hijo y Espíritu Santo.