Mons. Antúnez: “Que podamos mirar esa cruz del Señor, descubrir el amor extremo de Cristo por nosotros, que podamos abrazarla y vivir dinámicas compasivas para con los crucificados de nuestro tiempo”

Compartimos la reflexión de Mons. Fabián Antúnez SJ, obispo de la Diócesis de San José de Mayo, compartida en el espacio “Palabra de Vida” en Puerto de Encuentro (Radio María Uruguay y Radio Manía) y “Momento de reflexión”en Radio 41 AM 1360, de este Domingo 14 de setiembre de 2025 (XXIV Domingo del tiempo durante el año).
Un saludo muy grande para toda la audiencia. Celebramos en este domingo la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, esa cruz que nos redime, que nos salva, porque va unida e íntimamente unida al amor de entrega, de donación total del Hijo de Dios hecho hombre. Jesús, que nos amó hasta el extremo, que abrazó la realidad del pecado de la muerte y que nos redime muriendo y resucitando. Por lo tanto, en realidad no exaltamos cualquier cruz, sino la del Señor. Y junto a la cruz del Señor, también en continuidad misteriosa, en este misterio de pasión, tantos otros crucificados que hoy continúan la Pasión del Señor.
Aquellos que anuncian el Evangelio en condiciones extremas, aquellos que por falta de libertad religiosa en sus diferentes culturas, tienen que sufrir diferentes tipos de persecuciones. Aquellos que están enfrentando una enfermedad, un dolor y ofrecen su dolor redentor unido al de Cristo, con paciencia, con tolerancia, con mansedumbre. La cruz, por tanto, la cruz del Señor, lejos de remitirnos a una experiencia de fracaso, nos remite en verdad a la victoria de Dios, a la victoria sobre el demonio, a la victoria sobre la muerte, a la victoria, sobre la vanidad, sobre el orgullo y sobre tantas formas de esclavitudes que atenazan el corazón del ser humano.
En ese Cristo puesto en cruz y sobre todo en la experiencia de la muerte y la resurrección, está la razón última de nuestra victoria definitiva. En Él, junto a Él, también cada uno de nosotros experimentaremos un día la alegría del gozo de la Resurrección. Vamos a pedir entonces la gracia de poder contemplar y mirar esa cruz. Dejarnos enamorar por la belleza del Señor. Muchas veces cuesta sostener la mirada al crucificado, al dolor, a las heridas, a la vulnerabilidad, al fracaso. Y en verdad, ahí hay una experiencia inmensa del amor de Dios que se encuentra escondida para que cada uno de nosotros, contemplándola, la podamos vivir y experimentar muy hondamente en nuestros corazones. Junto a la cruz de Jesús nos relata el Evangelio, se encuentra a su Madre, la Virgen Santísima, aquella que nos recibe como hijos en la Pasión, a la cual celebraremos el día 15 de setiembre. La Virgen de los Dolores. María, Mujer de Esperanza, se sostiene frente a la cruz. Espera, anhela, desea.
Vamos a pedir también a nuestra Madre la Virgen, que nos conceda esta gracia del silencio y la gracia de la esperanza. Cristo es el médico que nos salva. Aquel que fue levantado en cruz. Y que nos regala para todos la salvación de Dios.
En esa misma dimensión contemplativa, la primera lectura nos habla de Moisés que conduce al pueblo de Israel. Y cuando el pueblo de Israel experimentaba la experiencia de ser mordidos por la serpiente, simbólicamente levantaban una una serpiente de bronce, y cuando contemplaban la misma quedaban curadas. Es la imagen de Cristo el que cura, el que nos salva, el que nos redime. Cuando lo contemplamos a él, quedamos curados, quedamos sanados, quedamos restituidos en nuestra dignidad última de ser hijos de Dios. A Cristo, a Él solamente la adoración a Él. Que no retuvo para sí el ser igual a Dios, sino que se anonadó a sí mismo y tomó la condición de servidor. Que nos enseñó en la vida la dinámica y el camino del servicio, y por eso Dios lo exaltó y le colocó como nombre sobre todo nombre. Ante este Señor, ante este Hijo de Dios venido en carne que nos redime, abrazando la lógica del servidor, presentamos nuestra vida, nuestros deseos, nuestros anhelos y sueños, cada una de las comunidades de nuestra diócesis. Y le pedimos también que bendiga de manera especial a los crucificados que mantienen silenciosamente la fe en lugares escondidos de dolor, de aparente fracaso, de soledad.
Aquellos que experimentan en sus vidas las propias cruces la unen al misterio de la Pasión del Señor, a esa dinámica redentora que abraza la cruz de Cristo. Y se constituyen también en testigos para otros de la esperanza. Vamos a pedir entonces en este Domingo, la gracia de abrazar la cruz del Señor, de no renunciar a la misma, de no vivir un cristianismo sin cruz, sumergido en el hedonismo, en el individualismo, en el placer, en el auto centramiento. Que podamos mirar esa cruz del Señor, descubrir el amor extremo de Cristo por nosotros, que podamos también abrazarla a nosotros y vivir dinámicas compasivas para con los crucificados de nuestro tiempo. Y que el Señor nos bendiga. El que es Padre, Hijo y Espíritu Santo.