Mons. Antúnez: “Que el Espíritu Santo venga a nosotros, renueve nuestros corazones. Envíe a la iglesia en misión y nos ayude a anunciar a los demás la alegría y la paz que emergen del Resucitado”

Compartimos la reflexión de Mons. Fabián Antúnez SJ, obispo de la Diócesis de San José de Mayo, compartida en el espacio “Palabra de Vida” en Puerto de Encuentro (Radio María Uruguay y Radio Manía) y “Momento de reflexión”en Radio 41 AM 1360, de este Domingo 8 de junio de 2025 (Solemnidad de Pentecostés).
Un saludo muy grande para toda la audiencia. Celebramos en este Domingo la fiesta de Pentecostés, el Espíritu Santo que desciende sobre la comunidad primitiva y que también desciende sobre cada uno de nosotros. Se nos ha regalado el mismo en el bautismo. También lo hemos recibido en plenitud en sus dones, en la Confirmación, y quiere animar la marcha de la Iglesia. Es la persona amor a la que muchas veces no resulta fácil conocer. Podemos decir que es el gran escondido de la Trinidad.
A nuestras experiencias religiosas muchas veces las nombramos como venidas de Dios o descubrimos al Jesús de la historia, pero al Espíritu Santo cuesta reconocerlo. La persona del Espíritu Santo no tiene rostro, no tiene figura humana. Lo vemos reflejado en algunos símbolos en la paloma, en el fuego. Es la persona Amor que refleja la comunicación amorosa de las otras dos personas divinas y nos regala de sus dones. ¿Dónde lo podemos distinguir? ¿Dónde lo podemos ver? Al Espíritu Santo lo vemos encarnado en Jesús, en sus gestos, en su actuar, en el misterio de la Encarnación, habitando a María, anidando en ella el Espíritu. Lo vemos también en la Iglesia que es santa, justamente por la presencia del Espíritu Santo, de la gracia de Dios operante en ella, y que es pecadora por ser formado por frágiles miembros. Lo vemos en el corazón de cada uno de nosotros. Ese buen espíritu que hace morada en nuestro interior, que nos regala sus mociones.
Es el Espíritu el que suscita en nosotros el consuelo, la alegría, la paz es aquel que inspira en nosotros. La caridad es aquel que saca de nosotros los mejores gestos.
En el libro del Génesis se nos recuerda cómo Dios sopla y da a las personas su espíritu. Es el primer soplo, el soplo creacional, aquel que nos hace a todos imagen y semejanza de Dios. Dios sopla sobre la naturaleza humana y lo hace al hombre espiritual capaz de encuentro con Él, capaz de apertura a lo trascendente. El fuego, el viento nos habla de esta nueva creación que viene a derramar en nosotros sus dones. En el libro de Joel se nos relata que el Espíritu se derrama sobre todos los hombres, tanto los judíos como los paganos. Es un espíritu que no hace distinción de personas. Nos habla de universalidad, de apertura al distinto de Iglesia en búsqueda. Se viene a mi corazón aquellas palabras del Papa Francisco ‘prefiero una Iglesia accidentada por salir a buscar que una Iglesia viciada por quedarse encerrada en sí misma’.
En el libro de San Juan se nos relata que el Señor sopla y concede a sus discípulos el Espíritu Santo. Una Iglesia en salida, una Iglesia evangelizadora, una Iglesia compasiva, una Iglesia que anuncia el kerigma, una Iglesia enviada a la universalidad de las culturas. Cada uno lleva en el corazón un sueño de Dios y el trabajo principal para cada uno de nosotros debería ser el de profundizar en nuestra misión. ¿Para qué Dios nos ha concedido la vida, que espera de nuestras capacidades? El Espíritu Santo nos da la luz, nos da claridad para el discernimiento. Muchas veces se hace difícil encontrar la misión porque buscamos al Espíritu en los grandes signos, como el profeta Elías. En los huracanes, en los terremotos y aparece en la suave brisa. Muchas veces esperamos las visitas de Dios en los grandes sentimientos del corazón, en los grandes signos, y Él nos está visitando en las pequeñas realidades de la vida cotidiana, en la amistad sincera, en el reencuentro del perdón, en la comunicación profunda, en el servicio desinteresado.
Pidamos la gracia de abrir nuestro corazón al Espíritu Santo. El trabajo hondo lo realiza en el fondo de los corazones de cada uno de nosotros. Necesitamos silencio interior para escuchar su suave voz que, entrando como gota de agua en la esponja, consuela nuestros corazones, anima nuestra mirada, sostiene nuestra presencia. Bienvenido, Espíritu Santo. ¿Eres tú? Pasa. Entra en nuestras vidas. No sabía si vendrías. Lo esperaba. Lo deseaba. Lo anhelaba, pero dudaba. Te enseñaré un poco mi interior. Quizás. Hay cosas en desorden que tú tienes que ir ordenando. Está un poco abandonado mi interior, visítalo, restaurarlo, recrearlo, renuévalo. No tengas miedo de soplar. Me agrada que estés aquí. Que estemos juntos mano a mano. Tengo tantas cosas que contarte. Que el Espíritu Santo venga a nosotros. Renueve nuestros corazones. Envía a la iglesia en misión y nos ayude a anunciar a los demás la alegría y la paz que emergen del Resucitado. Y que el Señor nos bendiga. El que es Padre, Hijo y Espíritu Santo.