Home»NOTICIAS»Mons. Antúnez: “Que Dios nos libre de esta mirada, de esta espiritualidad vacía de justicia, de una aparente honradez, pero que deja el corazón vacío por dentro. Que Dios nos conceda la gracia en verdad de un corazón humilde”

Mons. Antúnez: “Que Dios nos libre de esta mirada, de esta espiritualidad vacía de justicia, de una aparente honradez, pero que deja el corazón vacío por dentro. Que Dios nos conceda la gracia en verdad de un corazón humilde”

Compartimos la reflexión de Mons. Fabián Antúnez SJ, obispo de la Diócesis de San José de Mayo, compartida en el espacio “Palabra de Vida” en Puerto de Encuentro (Radio María Uruguay y Radio Manía) y “Momento de reflexión”en Radio 41 AM 1360, de este Domingo 26 de octubre de 2025 (XXX Domingo del tiempo durante el año).

Un saludo muy grande para toda la audiencia. El punto en común en este Domingo entre la Primera Lectura y el Evangelio nos viene dado por la virtud de la humildad. En la primera lectura se nos destaca que el Señor no se muestra parcial contra el pobre y escucha la súplica del oprimido. Más adelante se nos dice La súplica del humilde atraviesa las nubes.

En el Evangelio, por su parte, se nos dice que todo el que se eleva será humillado, y el que se humilla será exaltado. Nos detalla a sí mismo como modelo de oración, la del publicano, aquel que casi no se anima a levantar su mirada y en su oración pide a Dios piedad porque se siente un pecador. La humildad viene de ‘humus’, que significa tierra, y más concretamente, la capa fecunda de la tierra, que ofrece grandes posibilidades a la vida. Todos hemos sido plantados en este humus fértil, preparado por Dios para que sea posible la vida humana. Todos somos humus, somos tierra fértil, somos animados por el Espíritu de Dio, somos un barro limitado, pero que puede transfigurarse. En el relato del Génesis recordamos que Dios tomó el barro y sopló. Dándonos o regalándonos su espíritu. Un barro amado por Dios. Un barro bendecido por el Espíritu Santo.

La humildad para muchos de nuestros contemporáneos lleva consigo un signo de tristeza, de sumisión, de pasividad, que no tiene nada que ver con la humildad alegre y creadora del Evangelio, con la verdad que nos libera para la comunión y la creatividad. Dice Santa Teresa de Jesús que la humildad es andar en verdad. En su libro En las moradas, en la verdad de nuestro límite vivido, en el amor creador de Dios.

La humildad, por lo tanto, nos da las proporciones, nos impone el realismo de que no somos omnipotentes, pero que si somos fruto del amor incondicional de Dios que nos impulsa a la creatividad. En la humildad se encuentran conjugados como síntesis la apertura a la fecundidad de la tierra y la herida del límite. La persona humilde ha hecho la experiencia de la bondad de Dios que se dona a sí mismo, que se ofrece, que se entrega y se ve a sí mismo desde la originalidad, abre sus límites a la comunión con Dios y con los demás. Se deja curar. No solo acepta recibirse de manera pasiva, sino también se entrega de manera creadora. La persona humilde que asume sus heridas también puede asumir la de los demás, estableciendo relaciones sanadoras, incluso con los orgullosos. Su alegría no viene de mirarse en el espejo de la perfección. Sino de sentirse mirada por el amor de Dios y dejarlo fluir a este amor libremente en sus vidas. Estas personas humildes generan buen ambiente, estimulan el trabajo en equipo, favorecen el desarrollo de las potencialidades de los demás.

¿Cómo trabajar en nosotros la humildad? ¿Qué importancia descubrimos que tiene la misma en nuestra vida? ¿Cómo vamos integrando los límites, la herida, los fracasos y las crisis que la vida nos ofrece como ocasión de maduración? Quizás el silencio interior, el escuchar la voz del Señor que nos habla de nuestra dignidad, nos ayude a la tarea de destronar el ego del centro de nuestros intereses. Quizás los errores y hasta el pecado personal en horizonte de misericordia, sean fuentes pedagógicas que nos ayuden a reconocer a Dios que nos visita en la vulnerabilidad y en las heridas. ¿Qué misterio, por tanto, que, hasta el propio pecado, leído en clave humilde de búsqueda sincera de Dios, puede convertirse en lugar de encuentro, mientras la aparente mirada, la del fariseo, de sentirse justo e intachable, puede ser en verdad un espejismo que nos aleje del encuentro con el Dios verdadero? Esta es la realidad del fariseísmo que se desconoce a sí mismo en la experiencia del límite y la vulnerabilidad.

En el Evangelio se nos habla que la persona farisea que se acerca a Dios desde el prisma de la perfección, desde la soberbia de sentirse justo, desde experimentar que el pecado está fuera de sí. En verdad no es reconocido por Dios. Su modelo de oración presuntuosa presenta a Dios un sinfín de méritos que lo siente como propio y no vive en verdad la lógica del don. No soy como los demás. Ayuno dos veces por semana. Pago la décima de todas mis entradas. Su postura corporal es ostentos de pie mientras el publicano reza golpeándose el pecho. Esta mirada nos hace sentir que Dios nos debe reconocimiento, favores. La mirada farisea mira los premios de la vida solo desde la lógica de la comparación, de la avidez, de la envidia. Nos surge del corazón, muchas veces la actitud de queja cuando experimentamos alguna fragilidad, la debilidad de la prueba. Pidamos, por lo tanto, la gracia. Que Dios nos libre de esta mirada y de esta espiritualidad vacía de justicia, de una aparente honradez, pero que deja el corazón vacío por dentro. Que Dios nos conceda la gracia en verdad de un corazón humilde. Que se reconozca pecador, que se reconozca amado por Dios, he invitado al encuentro con los demás y que el Señor nos bendiga. El que es Padre, Hijo y Espíritu Santo.