Mons. Antúnez: “Pidamos la gracia en esta semana del desprendimiento interior de poner al centro de nuestras decisiones el tesoro escondido del amor de Dios y desde allí construir nuestras prioridades”

Compartimos la reflexión de Mons. Fabián Antúnez SJ, obispo de la Diócesis de San José de Mayo, compartida en el espacio “Palabra de Vida” en Puerto de Encuentro (Radio María Uruguay y Radio Manía) y “Momento de reflexión”en Radio 41 AM 1360, de este Domingo 7 de setiembre de 2025 (XXIII Domingo del tiempo durante el año).
Un saludo muy grande para toda la audiencia. El Evangelio del Domingo nos invita a ir detrás de Jesús y nos plantea las exigencias del discipulado. Esto supondrá ordenar los afectos y caminar hacia una libertad en el seguimiento del Señor. En lenguaje ignaciano sería la búsqueda de la indiferencia, la libertad afectiva frente a todas las cosas, y ese signo de disponibilidad del corazón que es presteza para ser enviado en misión. La disponibilidad tiene su fundamento en la centralidad del afecto al Señor y su modo, su manera de proceder. Amar a Dios con la centralidad del corazón en el Señor. Colocar nuestras esperanzas. La necesidad de caminar en una absoluta radicalidad de la exigencia de su amor en tiempos de ausencia de Dios, donde su presencia aparece poco nítida en lo cotidiano. No resulta fácil este camino de ordenar los medios. Necesitamos, por tanto, muchas veces tomar distancia para vivir las relaciones con una mayor objetividad.
¿Qué caminos necesitamos transitar para liberar el corazón? ¿Nuestro amor sabe de cruz, sabe de seguimiento del Señor más allá del éxito, más allá de la popularidad, más allá de la fama? Cargar la cruz significa asumir el límite, la enfermedad, las humillaciones, el fracaso, muchas veces la falta de frutos. Caminar, en definitiva, tras los pasos del Crucificado, que también es el Resucitado. Frente al anuncio de la pasión se da la crisis del discipulado. Son muchos los que abandonan al Señor por su propuesta de mesianismo, al estilo del siervo de Yahvé, vez el Señor se va quedando solo. Es la escena que acompaña a los grandes éxitos del Señor, donde Él invita a los suyos a tomar distancia, tomar distancia del éxito como criterio de interpretación de la realidad y en el silencio del corazón, buscar la voluntad del Padre. Se nos pone delante dos ejemplos el que tiene que proyectar una torre, el que sale en campaña. Es una invitación al conocimiento de nosotros mismos, de nuestra capacidad de perseverancia en los propósitos, de la profundidad de nuestros deseos de asumir los costos inherentes al discipulado.
En la primera imagen de la construcción de la torre, se nos invita a construir sobre buenos cimientos tener raíces firmes, bien plantadas, ser capaces de enfrentar las inevitables crisis que la vida nos invita a transitar. Tener la capacidad de navegar en medio de las tormentas, de las oscuridades. Enfrentar los desafíos de madurar en cada una de las etapas vitales que nos toca transitar. Cómo están nuestros cimientos? ¿Qué priorizamos como fundamental, como importante parte de los desafíos de nuestro tiempo? Está dado por la falta de calidad, de tiempo para mirarnos, escucharnos, tener claro algunas prioridades y caminar en la conclusión de las mismas. Muchas veces nos sucede que emprendemos mucho sin método. Nos dejamos ganar de impulsos sin consistencia. Vivimos esos fervores indiscretos que no conduce a buen puerto a nuestros deseos. Puede suceder a sí mismo que presumamos de nuestras fuerzas, nuestras capacidades y experimentemos duramente las sorpresas de la vida. El no estar a la altura de las circunstancias, el claudicar ante las presiones del entorno. El que quedar postrados, muchas veces sin capacidad de continuar adelante.
Si nos sentimos así, si experimentamos esto, te invito a levantarte, a volver a caminar en el discipulado por ese sendero estrecho de la cruz que supone caídas y levantadas. La siguiente imagen es la de aquel que tiene que enfrentar una batalla y tiene que considerar sus fuerzas. Parte del desafío será el de conocer al enemigo que la imagen del combate espiritual es el mal espíritu, aquel que nos divide por dentro, que nos enreda, que nos presenta falsas razones, que nos quita la autoestima y nos dice que no valemos. Conocer al enemigo para enfrentar la lucha, para buscar con las armas de Dios la posibilidad de vencer. Para encontrar la paz del corazón que emerge del vencernos a nosotros mismos. ¿Cómo actúa el enemigo? ¿Por dónde están nuestras fisuras? ¿Cuáles son nuestras heridas? ¿Por dónde nos roba la paz? Estas preguntas de autoconocimiento nos podrán ayudar a preparar mejor el corazón. La dimensión de la renuncia es la contracara del amor, es la otra dimensión de todo compromiso. El amor supone renuncias, supone aceptación de los costos de las decisiones que tomamos. La capacidad de permanecer aún cuando el principio de placer se vea cuestionado por el dolor. Renunciar al ego personal es el camino de un amor adulto. Renunciar a lo puramente sensible como criterio de toma de decisión dota a nuestros gestos de la concretes de la realidad. Pidamos la gracia en esta semana del desprendimiento interior de poner al centro de nuestras decisiones el tesoro escondido del amor de Dios y desde allí construir nuestras prioridades. Y que el Señor nos bendiga. El que es Padre, Hijo y Espíritu Santo.