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Mons. Antúnez: “Pidamos la gracia en esta fiesta tan central de nuestra fe, que el Señor se coloque en medio nuestro. Bendiga también nuestras mesas fraternas, comunitarias, de nuestras familias. Que sean lugares donde podamos allí honrar la vida”

Compartimos la reflexión de Mons. Fabián Antúnez SJ, obispo de la Diócesis de San José de Mayo, compartida en el espacio “Palabra de Vida” en Puerto de Encuentro (Radio María Uruguay y Radio Manía) y “Momento de reflexión”en Radio 41 AM 1360, de este Domingo 22 de junio de 2025 (Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo – Corpus Christi)

Un saludo muy grande para toda la audiencia. Celebramos este domingo la festividad del Corpus Christi, Cuerpo y Sangre de Cristo, que nos remite a aquella noche de la Última Cena que cambia definitivamente la historia de la humanidad. Aquella cena festiva en donde el pueblo de Israel recordaba el memorial de la liberación de Dios, de Israel, de los egipcios, de repente se convierte en un acto extremo de amor, en ofrenda de quien, vaciándose a sí mismo, se donó para darnos vida y vida en abundancia. 

Resuenan en mi corazón aquellas palabras suyas. ‘Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por los amigos’. El cordero pascual es sustituido por la carne del Señor y la alegría, el memorial, el recuerdo de la liberación de los judíos en una liberación aún mayor. Una liberación que definitivamente nos saca fuera de nuestros egoísmos. Nuestros autocentrenamientos, nuestras dinámicas de amor narcisista. El cuerpo entregado por el Señor es el nuevo maná el que nos abre a una dimensión trascendente en la vida. En esa noche, el Señor nos invita a postrarnos ante el misterio de su amor y contemplarlo a Él con ojos extasiados. 

¿Cómo vivimos en nuestra vida la dimensión de misterio de la Eucaristía? ¿Tenemos deseos celebrativos? ¿Qué lugar ocupa en nuestra vida el hecho de poder celebrarla? La Eucaristía nos habla de ser vínculos, de comunión, de ser puentes en medio del fragmento. El Señor se coloca en medio de la comunidad y nos da la gracia y nos da la fortaleza necesaria para superar las fracturas interiores, para unificarnos por dentro, para limpiar la mirada y para encontrar allí, en la Eucaristía, la fortaleza del perdón. La Eucaristía nos impulsa a sí mismo a la empatía, a la compasión frente a tantas hambres de nuestro mundo. Se nos invita a dar nosotros aquello que tenemos, lo que somos, a ser personas, cántaros que den a otros de beber el agua viva del Señor. Personas que asimismo brinden hospitalidad, que agrande en la mesa para que otros puedan sentarse en el banquete del Reino. 

Podemos preguntarnos si nuestras comunidades, nuestras casas, son lugares de acogida, son lugares de fraternidad, Son lugares hospitalarios. Solamente cuando somos capaces de salir de nosotros mismos por los demás. El milagro de la transformación y la saciedad es posible. Allí no solamente el Señor nos bendice, sino que nos utiliza positivamente como herramientas de transformación de la sociedad. El sueño de Dios, de fraternidad para el mundo y de una mayor justicia en la distribución de los bienes de la tierra, pasa por las manos solidarias que, olvidándose un poco de sí mismos, son capaces de compartir. Las primeras comunidades unían a la fracción del pan el compartir fraterno de los bienes de las riquezas, tanto materiales como espirituales. 

¿Cómo estamos viviendo este puente que existe entre la Eucaristía y la compasión? ¿Celebrar la Eucaristía nos hace más generosos? ¿Cómo resolvemos la tensión existente entre la justicia, el bien común, la solidaridad y el individualismo cambiante en nuestro mundo? La Eucaristía nos habla de camino espiritual, de itinerario interior donde el Señor va curando nuestras heridas, nos va devolviendo las esperanzas. Este es el proceso de los discípulos de Emaús que encuentran en la Eucaristía un lugar de integración de sus dolores. Una fuente nítida de la esperanza. Al partir el pan, al compartirlo con los demás, renovamos el sentido profundo de nuestros dolores en clave de Resurrección. ¿Damos lugar en la Eucaristía, la integración de los dolores a lamentar, las pérdidas, a sanar las heridas? ¿Compartimos en el momento del ofertorio a nuestra vida para que sea transformada? 

La Eucaristía es fuerza para los débiles, es alimento para los pecadores, es la misericordia de Dios que se nos regala y nos invita a compartir su historia en clave de esperanza. Pidamos la gracia en esta fiesta tan central de nuestra fe, que el Señor se coloque en medio nuestro. Bendiga también nuestras mesas fraternas, las mesas comunitarias, las mesas de nuestras familias. Que sean lugares donde podamos allí honrar la vida. Donde podamos recuperar el sentido trascendente de nuestra existencia, donde abramos sitio al huérfano, a la viuda, al extranjero, a tantos hay en nuestro mundo que necesitan de misericordia y de compasión. Y que el Señor nos bendiga. El que es Padre, Hijo y Espíritu Santo.