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Mons. Antúnez: “Pidamos la gracia de plantear el propio punto de vista, respetando al otro, pero no acallando una voz en la sociedad que necesita ser escuchada. La voz de la compasión y la solidaridad”

Compartimos la reflexión de Mons. Fabián Antúnez SJ, obispo de la Diócesis de San José de Mayo, compartida en el espacio “Palabra de Vida” en Puerto de Encuentro (Radio María Uruguay y Radio Manía) y “Momento de reflexión”en Radio 41 AM 1360, de este Domingo 17 de agosto de 2025 (XX Domingo del tiempo durante el año)

Un saludo muy grande para toda la audiencia. El evangelio de este Domingo nos pone delante una imagen de Jesús que quizás no hemos integrado del todo. Esa imagen del Señor donde se define a sí mismo como aquel que ha venido a traer fuego sobre la tierra, como aquel que es factor de división en las familias. ¿De qué fuego nos habla? ¿A qué se refiere con estas expresiones? Se me viene al corazón la imagen de un Ignacio de Loyola enviando a Francisco Javier diciéndole Ve e inflámalo todo. Es como decir lleva al mundo más alejado el fuego de un amor que arde apasionadamente.

Pienso en un San Alberto Hurtado que nos habla de ser un fuego que enciende otros fuegos y entonces, quizás el sentido de la expresión puede empezar a clarificarse ¿Cómo lograr que nuestro corazón tenga pasión por dentro? ¿Que nos anestesia la libertad interior de cada uno en sus búsquedas profundas? Atravesamos una realidad cultural marcada por la indiferencia religiosa, por el pasotismo. Vivimos tiempos de inercias consumistas que nos anestesian en nuestros deseos más profundos. Cuidar el fuego acrecentarlo supondrá una atención delicada al interior, un cuidado por avivar desde la oración la llama de la fe, una interpelación a discernir las frialdades que amenazan el calor interior. Dejemos, por tanto, que la Palabra de Dios venga a despertarnos de nuestros sueños, de nuestros bloqueos, de nuestras parálisis, de nuestras frialdades mezquinas, y nos muestre a cada uno de nosotros el camino personal de crecimiento. A la luz del Evangelio, también podemos discernir algunos reduccionismos en la imagen del Cristo, un Cristo pacifista alejado del conflicto por la verdad y la justicia, un Cristo espiritualista con una oración desencarnada que nos conduce quizás a un intimismo espiritual. ¿Un Cristo de potenciado de su capacidad de influencia en la sociedad o un Cristo quizás puramente ritualista, que no interpela la vida cotidiana? ¿Con cuál de estas imágenes nuestro corazón muchas veces pacta? ¿Qué otras dimensiones del Señor necesitamos integrar para adquirir una conciencia más plena del misterio de la Encarnación?

Se nos invita, por tanto, a una paz que emerge del conflicto espiritual. Una paz que brota en el corazón cuando vencemos en el buen combate de la fe. Estamos rodeados de una inmensa nube de testigos, nos dice la segunda lectura. Testigos que han sido capaces de vivir la radicalidad del Evangelio. Una Madre Teresa, un cura Brochero, Jacinto Vera, Santos de la devoción de cada uno de nosotros. Santos de la puerta de al lado, como le gustaba decir al Papa Francisco, que nos inspiran a darnos hasta el final. Seguir al Señor supondrá tener la capacidad de caminar cargando la cruz. Renunciar al gozo inmediato que se nos ofrece. Tantas formas adictivas de placer que anestesian nuestros sentidos, que nos roban la lucidez. Luchar contra las malas inclinaciones. Detectar dinámicas de las tentaciones en nosotros que entran por las fisuras. Mantener el corazón despierto supondrá para cada uno el examen diario y la necesaria libertad interior frente a todo lo creado.

El Señor nos invita a vivir una vida espiritual de pie, luchando contra las malas inclinaciones, contra las dinámicas de mediocridad, contra la sensualidad que amenaza en nosotros con quitarnos el calor interior de la pasión. En el Evangelio se nos habla de la división que el Señor ha venido a traer y la conflictividad que entraña para la vida familiar y social la presencia radical en el corazón del creyente. Es una conflictividad que tiene su razón de ser. Cuando, por ejemplo, alguno de los integrantes de una familia desea vivir con hondura el llamado personal y la misión, es la conflictividad que emerge del desprendimiento y la actitud de generosidad de algunos en la familia. Frente a aquellas búsquedas que quizás intentan acallar la entrega radical. Es una conflictividad que emerge de la búsqueda sincera en la línea de las bienaventuranzas. Pidamos la gracia, si nos toca, de vivir los conflictos familiares que emerjan del Evangelio con apertura y libertad interior. Pidamos la gracia de plantear el propio punto de vista, respetando al otro, pero no acallando una voz en la sociedad que necesita ser escuchada. La voz de la compasión y la solidaridad que nos invitan a dar la vida por los demás y que el Señor nos bendiga, El que es Padre, Hijo y Espíritu Santo.