Mons. Antúnez: “Pidamos la gracia de creer en esta experiencia del Resucitado, que lo podamos transmitir a través de nuestros gestos, de nuestras actitudes y que nuestras comunidades lo reflejen”

Compartimos la reflexión de Mons. Fabián Antúnez SJ, obispo de la Diócesis de San José de Mayo, compartida en el espacio “Palabra de Vida” en Puerto de Encuentro (Radio María Uruguay y Radio Manía) y “Momento de reflexión”en Radio 41 AM 1360, de este Domingo 27 de abril de 2025 (II Domingo de Pascua, Domingo de la Divina Misericordia).
Un saludo muy grande para toda la audiencia. Les habla Monseñor Fabián Antúnez. En este segundo Domingo del Tiempo Pascual continuamos acompañando al Señor resucitado que nos regala su alegría y su paz. En este domingo también celebramos la Divina Misericordia, ese corazón abierto de par en par por amor a nosotros, de la cual ese corazón derramó sangre y agua. Fuentes de la vida en abundancia. Se nos invita a entrar en este Año Jubilar de la Misericordia por ese corazón abierto y dejarnos también inundar por ese océano de amor que el Señor regala. En este domingo el Evangelio nos coloca una de las apariciones del Señor, una escena que va a tener como centro el proceso pedagógico de Jesús para con Tomás. Decíamos que el Señor resucitado tiene una pedagogía para cada uno de nosotros. A Magdalena llamándola con ternura, a Pedro perdonando sus traiciones, a los discípulos de Emaús encendiendo el corazón mientras van, mientras va caminando junto a ellos.
Y en este caso a Tomás, la comunidad se encuentra reunida. Pero están con las puertas cerradas por temor a los judíos. Los miedos, los bloqueos, las parálisis, muchas veces hacen que nos encerremos y que la comunidad quede encerrada. Me viene aquí las palabras del Papa Francisco, donde él nos decía que prefiere una Iglesia accidentada, herida por salir a buscar, por anunciar el Evangelio, por abrirse a las necesidades, a las preguntas, a las búsquedas, a las inquietudes del hombre y mujer de nuestro tiempo. Que una Iglesia viciada por cerrarse, por la autorreferencialidad, por estar mirándose a si misma por considerarse un gueto de perfectos. La primera comunidad había vivido esa experiencia traumática de la pasión y están aún intentando experimentar en el corazón cuál es el mensaje de Dios para con ellos. Allí, con las puertas cerradas, el Señor resucitado, el Viviente, se presenta atravesando esas paredes y colocándose en medio de ellos. Esa es una imagen muy linda, muy nítida, preciosa, del Evangelio. Cuando Jesús está en el medio, cuando está al centro, cuando lo dejamos entrar, Él nos unifica por dentro, armoniza la comunidad, sana las heridas.
¿En qué espacios de nuestra vida tenemos que seguir dejando actuar al Resucitado? ¿Lo colocamos en medio nuestro, en medio de la familia, las relaciones matrimoniales, de pareja, las relaciones para con los hijos, en medio de las comunidades donde tenemos que pedir la gracia de que el Señor armonice nuestras diferencias, sane nuestras heridas y nos regale la gracia de la alegría y la paz?
El Señor regala la paz, dice La paz esté con ustedes. Esa paz que da el Resucitado es la paz del que ha vencido a la muerte, es la paz del que se ha donado hasta el extremo. Es la paz de aquel que siente que ha cumplido con la misión del Padre. En ese momento, Tomás se encuentra ausente de la comunidad, escucha las narraciones, escucha los relatos. Las mujeres han ido narrando y han ido contando cómo se les apareció cuando fueron a ungir al cuerpo del Señor en el lugar de la sepultura. Seguramente los discípulos de Emaús también han comenzado a narrar a la comunidad la experiencia que han vivido, pero Tomás se resiste a creer. Es el modelo del hombre y mujer de nuestro siglo, de nuestro tiempo, a veces ganado por el escepticismo, por la racionalidad. A veces, al que le cuesta, digamos, creer que la historia pueda terminar bien, que la historia termina la experiencia del encuentro con el Resucitado. El Señor tiene paciencia para con Tomás. Ocho días después se presenta nuevamente ante Tomás, cuando ya él está con la comunidad y lo invita a un signo precioso, Tomás coloca tu mano en las heridas. Las heridas esas del costado donde se derramó la sangre y agua, símbolos de la misericordia, las heridas de las manos donde Tomás muestra esas manos, esas manos llamadas pero que también nos devuelven al Resucitado. Vamos a pedir la gracia, entonces de creer en el Señor, de creer en esta experiencia del Resucitado, que lo podamos también transmitir a través de nuestros gestos, de nuestras actitudes, de nuestras comunidades, que lo reflejen y que el Señor nos bendiga. El que es Padre, Hijo y Espíritu Santo.