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Mons. Antúnez: “Pidamos la gracia al Señor de entrar con Él hondamente a esta Cuaresma. Ir al desierto para sondear nuestro corazón y salir fortalecidos con su gracia”

Compartimos la reflexión de Mons. Fabián Antúnez SJ, obispo de la Diócesis de San José de Mayo, compartida en el espacio “Momento de reflexión” en radio 41 AM 1360 de este Domingo 22 de febrero de 2026, I Domingo de Cuaresma.

Un saludo muy grande para toda la audiencia. Este Domingo celebramos el primer Domingo de Cuaresma y la escena central del Evangelio nos lleva al desierto. Ir al desierto es entrar en contacto con el propio corazón, con su interioridad más profunda, con el combate interior, con las fisuras, con las heridas, con las vulnerabilidades, pero también con la gracia de Dios. Vamos llenos del Espíritu Santo junto a Jesús, a acompañarlo, a aprender de Él, a recibir de Él las gracias que necesitamos para transitar este tiempo de Cuaresma con conversión del corazón.

La escena toca el meollo de la lucha espiritual, el combate que todo cristiano tiene que librar en su corazón en el ejercicio de su libertad, en las tomas de decisiones. Jesús experimenta la tentación y las preguntas que formula el enemigo atraviesan toda la historia de la humanidad y conectan con las pasiones que mueven nuestro actuar. La riqueza, la vanidad de la imagen, el poder, la autoridad se ponen en juego.

Los invito a ir también nosotros al desierto para sondear allí el corazón. Vamos al desierto pidiendo la gracia de sostenernos con la gracia en la prueba que la tentación reporta para cada uno de nosotros. Vamos al desierto para conocer más hondamente nuestro corazón, su pequeñez. También el amor que Dios nos tiene. Vamos al desierto para salir purificados de tantas afecciones desordenadas que nos esclavizan, que nos roban libertad. Lo que está en juego en el combate es el sentido, la dirección de la obra redentora de Jesús. El objetivo de las tentaciones es conducir a Jesús a un estilo mesiánico distinto al propuesto por el Padre. Le ofrece el enemigo a Jesús senderos seductores. El mal espíritu propondrá de fondo un camino de redención que no pase dolorosamente por la cruz. En definitiva, serán atajos que intentarán alejarlo de la realidad, de cargar sobre sí nuestros pecados.

La primera tentación es la de convertirse en un reformador social. Si el Señor se dedica a convertir las piedras en panes, pronto todos lo seguirán. No tendrá, en definitiva, que buscar corazones libres. El pan como símbolo de los bienes de consumo, el dinero, el confort, el placer, La seguridad económica. La gran tentación de nuestro tiempo, la que llena los vacíos del corazón, la que tapa muchas veces las búsquedas más profundas anestesiando las de cosas. Jesús rechaza este lugar, esta manera de ejercitar el mesianismo, sabe que el pan es necesario, que tenemos que luchar por la dignidad de toda persona humana. por el destino común de los bienes de la tierra, pero que hemos sido creados para el encuentro interpersonal con el Señor y con los otros. Somos personas espirituales que estamos llamados a cultivar el interior y a crecer dándonos a los demás. De allí que durante su vida el Señor se aleja muchas veces de las multitudes. En especial recordamos la escena de la multiplicación de los panes y se encarga de subrayar la necesidad de buscar al Señor y su voluntad para nuestras vidas.

¿Cómo vivimos la relación con las cosas por donde nuestro corazón compensa sus vacíos? ¿Nos sentimos más identificados a la avaricia o al derroche?

La segunda tentación será la de utilizar a Dios y su eficiencia. ¿Por qué no arrojarse desde arriba como gran espectáculo? La tentación de la eficiencia apostólica, la sensación de que su vida será sin frutos. La necesidad de la obtención de éxitos a cualquier precio. La tentación invita a rebajar horizontes. Colocar el éxito como horizonte de comprensión de la misión. Forzar detrás del espectáculo la libertad de adhesión del oyente. No será posible rebajar el lenguaje para obtener mayor número de adherentes. Quizás podamos preguntarnos en el fondo del corazón, si la eficacia no se convierte en un horizonte de comprensión para nosotros de la realidad. La lentitud del amor nos habla de que los caminos de Dios no son los de los hombres. Que la apuesta que el Señor realiza es un estilo mesiánico, paciente, libre, que apuesta justamente a la siembra y a la libertad del corazón humano. Jesús se daba cuenta de la impotencia del amor en la realidad actual. El amaba a gente que sabía que lo iban a traicionar porque el hombre buscaba resultados concretos y hoy sigue buscando muchas veces pragmáticamente, resultados concretos.

Y finalmente, la última tentación, la del poder. ‘Todo lo te daré si te postras ante mí’ Allí el enemigo exige la la adoración y se presenta a él como un ídolo. El poder confirmado como afirmación de la autoridad que domina, corrompiendo el corazón humano y las relaciones interpersonales. Jesús rechaza al ídolo que supone adoración y postración y nos invita a vivir con un corazón libre. Se me vienen aquí las palabras del Papa Francisco, que nos invita a concebir el poder desde la lógica del servidor y vivir las relaciones humanas en clave de amor compasivo. Para el final, preguntarnos ¿cómo vivimos los poderes? ¿Por dónde notamos que perdemos la paz, que nos volvemos rígidos, autoritarios? Pidamos la gracia, por tanto, al Señor de entrar con Él hondamente a esta Cuaresma. Poder lleno del Espíritu Santo. Ir al desierto para sondear nuestro corazón y salir fortalecidos con su gracia. Y que el Señor nos bendiga. El que es Padre, Hijo y Espíritu Santo.