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Mons. Antúnez: “Pidamos como Simeón y Ana, de esperar la venida del Señor, la gracia también de celebrar con alegría la venida del Salvador”

Compartimos la reflexión de Mons. Fabián Antúnez SJ, obispo de la Diócesis de San José de Mayo, compartida en “Momento de reflexión”en Radio 41 AM 1360 y en Radio María Uruguay, junto a los “Mensajes dominicales” de los Obispos del Uruguay, de este Domingo 2 de febrero de 2025 (Fiesta de la Presentación del Señor – Jormada Mundial de la Vida Consagrada).

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas 2, 22-40

Cuando llegó el día fijado por la Ley de Moisés para la purificación de ellos, llevaron al niño a Jerusalén para presentarlo al Señor, como está escrito en la Ley: «Todo varón primogénito será consagrado al Señor». También debían ofrecer en sacrificio un par de tórtolas o de pichones de paloma, como ordena la Ley del Señor.
Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, que era justo y piadoso, y esperaba el consuelo de Israel. El Espíritu Santo estaba en él y le había revelado que no moriría antes de ver al Mesías del Señor. Conducido por el mismo Espíritu, fue al Templo, y cuando los padres de Jesús llevaron al niño para cumplir con él las prescripciones de la Ley, Simeón lo tomó en sus brazos y alabó a Dios, diciendo:
«Ahora, Señor, puedes dejar que tu servidor muera en paz, como lo has prometido, porque mis ojos han visto la salvación que preparaste delante de todos los pueblos: luz para iluminar a las naciones paganas y gloria de tu pueblo Israel».
Su padre y su madre estaban admirados por lo que oían decir de Él. Simeón, después de bendecirlos, dijo a María, la madre: «Este niño será causa de caída y de elevación para muchos en Israel; será signo de contradicción, y a ti misma una espada te atravesará el corazón. Así se manifestarán claramente los pensamientos íntimos de muchos».
Había también allí una profetisa llamada Ana, hija de Fanuel, de la familia de Aser, mujer ya entrada en años, que, casada en su juventud, había vivido siete años con su marido. Desde entonces había permanecido viuda, y tenía ochenta y cuatro años. No se apartaba del Templo, sirviendo a Dios noche y día con ayunos y oraciones. Se presentó en ese mismo momento y se puso a dar gracias a Dios. Y hablaba acerca del niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén.
Después de cumplir todo lo que ordenaba la Ley del Señor, volvieron a su ciudad de Nazaret, en Galilea. El niño iba creciendo y se fortalecía, lleno de sabiduría, y la gracia de Dios estaba con Él.

Palabra del Señor.


Un saludo muy grande para toda la audiencia, de Momento de reflexión. Celebramos en este Domingo la fiesta de la Presentación del Señor en el Templo. La Sagrada Familia, que acude al templo de Jerusalén para cumplir con sus prescripciones religiosas. María y José llevan al niño para ofrendar a Dios. Este niño que será causa de contradicción, años más tarde. Este niño, que en definitiva hablará de un nuevo vínculo en la relación con el Padre. Este niño, en definitiva, que abrirá un nuevo modo de vincularnos con Dios en espíritu y en verdad, no circunscrito únicamente al templo de Jerusalén. Él será el nuevo templo, un templo construido no por manos humanas, un templo amasado en la experiencia del amor, de la fraternidad, de la compasión, de la cercanía.

Lo esperan en el templo. Dos personas perseverantes en la oración. Dos ancianos que aguardaban el cumplimiento de las promesas del Padre, Simeón y Ana. Estas dos figuras nos remiten a la necesaria vigilancia en el corazón, a nuestra actitud de esperanza, a nuestros caminos de búsqueda, a nuestro mantenernos perseverantes en oración, esperando el cumplimiento de las promesas del Padre. Mi corazón, nuestro corazón que anhela, que desea, que espera. Simeón toma en sus brazos al niño y de repente, toda la historia para él se recapitula en ese momento. Es el cumplimiento de aquellos grandes deseos profundos del corazón, de aquello que más anhela, de aquello que más sueña. Es Dios que se hace presente en la Encarnación, en ese Hijo que se nos ha dado. Y Él dice ‘mMis ojos ya pueden ahora descansar en paz’. Sus ojos han contemplado la belleza del Dios encarnado. Sus ojos han sentido que se abre para siempre las puertas del Reino de los Cielos. Sus ojos, en definitiva, contemplan que el Padre es fiel, que es misericordioso y que envía a su Hijo para la salvación del mundo.

También Simeón profetiza a su madre que ese niño será causa de contradicción. Su palabra será una palabra afilada. Su palabra confrontará el corazón de toda persona humana. Su palabra no será bien recibida. Su palabra profética decidida, libre, será malinterpretada por los círculos religiosos de su tiempo. A ti una espada te atravesará el corazón, es la profecía de Simeón pronunciando para María la experiencia de la pasión. Esa experiencia de tener que contemplar a su Hijo puesto en cruz. También Ana nos representa la imagen de esa mujer perseverante, vigilante, servidora, como tantas mujeres de nuestras comunidades que sostienen la fe, que viven en la dinámica del servicio, de la entrega, que ofrecen liderazgos sencillos, que ofrecen su tiempo, su amor, que ofrecen, en definitiva, lo más preciado que tienen, el corazón. Vamos a pedir entonces, en este día la gracia, también nosotros, como Simeón y Ana, de esperar la venida del Señor, vamos a pedir la gracia también de celebrar con alegría la venida del Salvador. Y vamos a pedir de manera especial hoy que Dios siga suscitando vocaciones para la vida consagrada, que siga llamando, que siga invitando a tantísimas personas a donar la vida, a ofrendar, a entregarla y que el Señor nos bendiga. El que es Padre, Hijo y Espíritu Santo.