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Mons. Antúnez: “Los invito en este tiempo a vivir esta experiencia pascual, a acompañar a los crucificados, aquellos que continúan misteriosamente la Pasión del Señor”

Compartimos la reflexión de Mons. Fabián Antúnez SJ, obispo de la Diócesis de San José de Mayo, compartida en el espacio “Palabra de Vida” en Puerto de Encuentro (Radio María Uruguay y Radio Manía) y “Momento de reflexión”en Radio 41 AM 1360, de este Domingo 20 de abril de 2025 (Domingo de Pascua de Resurrección).

Un saludo muy grande para toda la audiencia. Celebramos en este tiempo el Triduo Pascual, lo central en nuestra fe. La experiencia del Señor que entrega y dona la vida por amor a nosotros. Aquel que ha deseado ardientemente celebrar la Pascua. Aquel que se donó hasta el extremo el Jueves Santo, aquel que nos enseñó el mandamiento del amor y del servicio a bajándose, colocándose como un servidor, como un esclavo. En la escena del lavatorio de los pies enfrenta después la traición de los amigos, la soledad, el abandono, el juicio más injusto de la historia, aquel que enfrenta los tribunales con el silencio confiado en el Padre.

Es el Señor el que carga la cruz, el que lleva sobre sí los pecados del mundo. El que en Getsemaní abraza misteriosamente las resistencias que todo corazón humano tiene al dolor, a la muerte, al fracaso. Es el Señor el que nos redime, el que nos restaura, el que nos salva, muriendo en la cruz y entregándose por amor a nosotros. La historia parecía concluir en aquel Viernes Santo. La escena de la pasión fue tan nítida, tan desgarradora, que tocó el corazón de todos. La comunidad primitiva experimentó la dispersión, la desesperanza, la desilusión. También, misteriosamente, se hicieron conscientes de sus propias vulnerabilidades, de los miedos. Cada uno de ellos en el corazón, adquirió nítida conciencia de lo frágil que es la promesa del corazón humano. Pedro mirándolo de lejos. Judas traicionándolo, solo algunas mujeres y el corazón amante y contemplativo de Juan estuvieron cerca en la escena de aquella cruz que simboliza para todos nosotros las fuente de la salvación. El Señor muere amando, muere perdonando, muriendo. De esta manera nos reconcilia con el Padre, entrega a sus perseguidores a María como hijos, muere donándose, ofrendándose, entregándose. Ese día de sábado posterior al viernes, nos recuerda la espera, la espera de toda la Iglesia anhelante que desea la gloria del Resucitado.

¿Cómo vivimos los tiempos de espera en nuestra vida? ¿En quien esperamos? ¿Somos capaces de sostener la esperanza en estos tiempos que vivimos, de tanta cultura, de la muerte, de individualismo, de consumismo que nos aleja muchas veces de la experiencia, de la profundidad, de la hondura, del silencio? En el domingo se asienta la esperanza que una historia distinta es posible. Algunas mujeres acudirán a ese sepulcro nuevo que José de Arimatea brindó para que el cuerpo del Señor pudiese descansar. Van con aceites, van con perfumes, van al lugar de la sepultura y encontrarán misteriosamente la piedra corrida. Esas piedras del dolor, esas piedras del fracaso, esas piedras de la muerte, no pueden contener la vida incipiente que el Resucitado trae consigo. Las mujeres volverán preguntándose. Contemplarán los lienzos que cubrieron el cuerpo del Señor y las vendas en un costado verán la piedra removida. Y algo en sus corazones comienzan a experimentar y a sentir que nada puede detener la vida en abundancia, que Dios en Jesús viene a regalarnos. Para cada uno de sus amigos, de los que estuvieron cerca de Él. El Señor tiene un detalle particular que les hablará de la experiencia del Resucitado: a María Magdalena, nombrándola con su nombre, con ternura ‘María’, y preguntándole ¿Por qué lloras? ¿A quién buscas? ¿Dónde buscamos las soluciones a nuestras tristezas? ¿Qué hacemos con nuestros dolores? ¿En qué lugar penitenciarios nuestras pérdidas? A Juan, el contemplativo le dejará el sudario doblado y los lienzos, y esto bastará para que sus ojos, que han conocido la experiencia de la sobreabundancia, puedan creer que el Señor vive y está hoy en medio nuestro. A los discípulos de Emaús, que desanimados y habiendo perdido la esperanza, caminan alejándose de la comunidad. Él, como un forastero, como un peregrino, les irá devolviendo el sentido del sufrimiento y de la muerte, pero también ayudándolas a comprender que esto no es el final del camino, que el final es la vida, la vida en abundancia se hace hospedar en la casa y al partir el pan le abre los ojos del entendimiento, les enciende el corazón y les permite comprender que Él hoy está vivo, en medio nuestro. A Pedro tendrá que sanar su corazón de las experiencias de la traición. Y le interrogará triplemente sobre el amor, y le concederá la gracia de apacentar su rebaño, de ser aquel que en fragilidad conduzca a la Iglesia primitiva.

Para cada uno de ellos el Señor ha tenido un detalle particular, abriéndoles su corazón a la experiencia de la alegría y la paz que brotan de la resurrección. ¿Qué signo cada uno de nosotros necesitamos para creer en el Resucitado? ¿Qué experiencias nuestro corazón está anhelando para volver a la alegría y la paz que el Señor regala? ¿Cuál son aquellos detalles que necesitamos para que nuestro corazón vuelva a creer, se encienda nuevamente en el amor y pueda donarse, pueda entregarse, pueda ofrendarse? Los 50 días pascuales serán una lucha entre la terquedad de Dios, demostrarnos que la muerte no es el final del camino y nuestras resistencias a dejarnos inundar por la alegría y por la paz que vienen del Señor.

Los invito en este tiempo a vivir esta experiencia pascual, a acompañar a los crucificados, aquellos que continúan misteriosamente la Pasión del Señor, los que están solos en los hospitales, los niños que están judicializados, las personas en situación de calle, los presos, los más vulnerables de la sociedad. Poder a ellos también presentarles el mensaje y la razón de nuestra esperanza que es Cristo resucitado. Que estos días pascuales que la Iglesia nos ofrece, nos permitan ahondar en el misterio central de nuestra fe el Señor, el Viviente. El que, venciendo a la muerte, abre también para cada uno de nosotros las puertas de la vida en abundancia. Que el Señor nos conceda la gracia de dejarnos consolar por Él, consolarnos por su Espíritu Santo que se nos regala, que se nos ofrece, que viene a restaurar nuestras heridas, que viene a regalarnos la vida en abundancia, que viene a nombrarnos testigos del gozo. La más bella de las tareas, aquella que debe encender nuestros corazones.

En este Año Jubilar de la Esperanza que podamos cada uno de nosotros vivir, vivirnos, como peregrinos de la esperanza. Personas que, habiendo cauterizado el corazón en la experiencia del Resucitado, podamos también blindar las heridas de otros desde nuestras heridas curadas. Y que el Señor nos bendiga. El que es Padre, Hijo y Espíritu Santo.