Mons. Antúnez: “la palabra sembrada por Dios en nuestros corazones no es simplemente para escucharla, sino para dar frutos, tiene que ir transformando nuestra interioridad, cambiando el corazón”

Compartimos la reflexión de Mons. Fabián Antúnez SJ, obispo de la Diócesis de San José de Mayo, compartida en la homilía de la celebración de la Santa Misa que presidió en Radio 41 AM 1360 y en Radio María Uruguay, junto a los “Mensajes dominicales” de los Obispos del Uruguay, de este Domingo 1 de setiembre de 2024 (XXII Domingo del tiempo durante el año)
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Marcos 7, 1-8. 14-15. 21-23
Los fariseos con algunos escribas llegados de Jerusalén se acercaron a Jesús, y vieron que algunos de sus discípulos comían con las manos impuras, es decir, sin lavar.
Los fariseos, en efecto, y los judíos en general, no comen sin lavarse antes cuidadosamente las manos, siguiendo la tradición de sus antepasados; y al volver del mercado, no comen sin hacer primero las abluciones. Además, hay muchas otras prácticas, a las que están aferrados por tradición, como el lavado de los vasos, de las jarras y de la vajilla de bronce y de las camas.
Entonces los fariseos y los escribas preguntaron a Jesús: «¿Por qué tus discípulos no proceden de acuerdo con la tradición de nuestros antepasados, sino que comen con las manos impuras?»
Él les respondió: «¡Hipócritas! Bien profetizó de ustedes Isaías, en el pasaje de la Escritura que dice:
“Este pueblo me honra con los labios,
pero su corazón está lejos de mí.
En vano me rinde culto:
las doctrinas que enseñan
no son sino preceptos humanos”.
Ustedes dejan de lado el mandamiento de Dios, por seguir la tradición de los hombres».
Y Jesús, llamando otra vez a la gente, les dijo: «Escúchenme todos y entiéndanlo bien. Ninguna cosa externa que entra en el hombre puede mancharlo; lo que lo hace impuro es aquello que sale del hombre. Porque es del interior, del corazón de los hombres, de donde provienen las malas intenciones, las fornicaciones, los robos, los homicidios, los adulterios, la avaricia, la maldad, los engaños, las deshonestidades, la envidia, la difamación, el orgullo, el desatino. Todas estas cosas malas proceden del interior y son las que manchan al hombre».
Palabra del Señor.
La primera lectura nos pone delante los mandamientos, no aquello que, lejos de ser castrantes de nuestra libertad personal, el objetivo que tienen es dar adecuado cauce a la misma, no brindarles horizontes. Brindarles encuadre a nuestra libertad. En tiempos tan hedonista que vivimos, de tanta exaltación de la libertad individual, del propio placer. La pregunta entonces, por los mandamientos, es entrar al corazón, no para vivirlo de una manera rígida, de nuevo, de una manera castrante, sino para sublimar adecuadamente nuestra libertad como estamos viviendo los mandamientos. Especial esto de amar a Dios y amar al prójimo, que es el norte de toda acción cristiana. Profundizamos en esta centralidad o nuestra vida simplemente es una autojustificación, un autoengaño, una incapacidad de mirarnos a nosotros y de colocar siempre la problemática fuera lo que es la tentación hoy de nuestro tiempo, la responsabilidad del error, de la equivocación, del pecado está en el otro. Somos incapaces de poder observarnos, observarnos con misericordia, así, porque Dios es misericordia, pero observarnos también con realismo e ir transformando el propio corazón en eso.
La segunda lectura nos dice que la palabra sembrada por Dios en nuestros corazones no es simplemente para escucharla, sino para dar frutos, es decir, tiene que ir transformando nuestra interioridad, cambiando el propio corazón. Esto es la conversión, cambiar las opciones vitales, cambiar los marcos referenciales, cambiar nuestras praxis, la religión pura se nos detalla, es aquella que se encarga de visitar a los huérfanos, a las viudas, es decir, ver lo vulnerable de nuestro tiempo y celebrar la religión en el culto, en la liturgia, pero también celebrar la religión en un corazón convertido que se acerque a quienes hoy nos necesitan. Es decir, la necesaria integración que debe existir en nuestra realidad de fe entre la fe que profesamos, la fe que vivimos. En eso, en los Ejercicios espirituales se dice que el amor se ha de poner más en las obras que en las palabras. Es decir, uno podría decir bueno también en las palabras. Pero fundamentalmente lo que hará creíble nuestro testimonio cristiano es las obras, es en las obras que muestren un corazón que ha sido seducido por el Señor, que vive otros criterios, que vive la fraternidad, que vive la compasión, no. Bueno, en esto ¿Cómo está nuestra comunicación en el amor? ¿Un amor creíble, concreto, no? lo que tiene que ver con tiempo compartido, que tiene que ver con gestos que tienen que ver con opciones vitales por estar atento a la dinámica del servicio? Y en eso la tentación, también farisea, está en nuestro corazón. Los fariseos, en definitiva, conciben la religión como una práctica externa al corazón, como una serie de rituales que, en definitiva, no terminan de conmover las entrañas? Y en concreto, la crítica. Los discípulos de Jesús tienen que ver con algunos ritos que ellos se saltan, ritos que tienen que ver con el lavado externo de las manos. Te invito a que hoy mires tus manos. Es decir, que las manos. El desafío no es que se nos queden puras e inmaculadas, no, sino que nuestras manos, en definitiva, se comprometan en la siembra. Es decir, más que tener manos impecables el día de mañana, ojalá que al llegar al reino de los Cielos mostremos las manos y sean manos gastadas, manos que se han gastado en el servicio para con el otro, manos que han sido tendidas al levantar al que está caído. Manos que abracen al que necesita de cobijo. Manos que se abran a la siembra. No manos que no vivan la agresividad de puños cerrados, sino manos abiertas.
Bueno, entonces te invito a que te mires las manos, no manos como como símbolo de de apertura, de dar, de entregarnos y ojalá eso que vayan siendo escritas en nuestras manos. Rostros, nombres, historias, situaciones vitales de tantos que vamos encontrando en el camino, no cuidando eso el fariseísmo.
Y después también, bueno, pensar hacia donde caminamos en la vida. Hay una oración muy linda de una religiosa del Sagrado Corazón que habla de los pies, otro aspecto interesante. El Señor también, que en su momento lavó los pies. Y nos invita a mirar nuestros pies. No, no son pies que que caminan al encuentro del otro, son pies que van dejando huellas, son pies, en definitiva, sobre los que otros se pueden calzar y pueden pisar sobre los mismos. No son pies que se han gastado en las búsquedas de quienes están más perdidos para llevarles una palabra de aliento, de evangelización. Y en eso hablando, ella de los pies de Jesús dice algo muy lindo. Dice Son pies hermosos los de él, porque se calzan sobre sus pies otros pies, los pies de los niños más pobres de su tiempo, los pies de los recluidos, los pies desorientados de tantos jóvenes que deambulan, los pies de tantos ancianos que la soledad reclaman ser visitados. Todas nuestras pastorales de la Iglesia, la pastoral de la salud, la pastoral de visita a los ancianos, la pastoral penitenciaria, la pastoral juvenil. Ojalá que reflejen estos pies del Señor Buen Pastor que va a buscar al que está perdido.
Pedir entonces que nuestra religión no se quede en lo externo, no se quede en una mera práctica fría y vacía. No se quede en el sentirnos justos y mirar de reojo a los otros como pecadores. Dios nos libre del fariseísmo del corazón que nos hace tanto daño que aleja a tanta gente que no se hace cargo de la propia fragilidad y de esta invitación a vivir la compasión y la caridad.
Que el Señor nos ayude a entender, como dice él en el Evangelio, que desde dentro del corazón del ser humano es donde brotan las malas inclinaciones. Por lo tanto la lucha es hacia adentro, es con nosotros mismos, es con el propio corazón, para que esté cada vez más dócil al llamado de Dios, para que pueda integrar más al Espíritu Santo, para que pueda sanar más heridas y dar mejores frutos. La lucha es hacia adentro y esto supondrá algún tiempo de silencio y de escucha al corazón para dejarlo transformar. Bueno, que el Señor en este domingo quiera seguir trabajando en nuestras vidas, Que así sea.