Home»NOTICIAS»Mons. Antúnez: “la oración tiene algo de ‘éxodo’, de ponernos en camino, de atrevernos a lanzar fuera de nosotros el ego y vivir la experiencia de Dios”

Mons. Antúnez: “la oración tiene algo de ‘éxodo’, de ponernos en camino, de atrevernos a lanzar fuera de nosotros el ego y vivir la experiencia de Dios”

Compartimos la reflexión de Mons. Fabián Antúnez SJ, obispo de la Diócesis de San José de Mayo, compartida en el espacio “Palabra de Vida” en Puerto de Encuentro (Radio María Uruguay y Radio Manía) y “Momento de reflexión”en Radio 41 AM 1360, de este Domingo 27 de julio de 2025 (XVII Domingo del tiempo durante el año)

Un saludo muy grande para toda la audiencia. En el Domingo anterior reflexionábamos sobre la necesidad de encontrar una síntesis entre la contemplación y la acción. En este Domingo el Evangelio nos pone delante una catequesis de Jesús precisamente sobre la oración. La misma brota del pedido de uno de sus discípulos ‘Maestro, enséñanos a orar’. Enséñanos los secretos para entrar en la intimidad de Dios, para captar algo de su misericordia, de su corazón. Los invito y también me invito a sentarnos a escuchar a Jesús, que no brinda teorías sobre el tema, sino que nos habla de su experiencia personal. Empieza detallando el Padrenuestro en la traducción de Lucas que pone el acento en el pan cotidiano y en la dinámica del perdón. 
 
Un Padre que es incondicional en el amor, que es misericordia, que es bondad entrañable, que nos mueve a buscar ese nosotros de la convivencia y la fraternidad que impulsa al perdón y la reconciliación. ¿Qué imagen se nos viene al corazón? ¿Brota de nosotros una confianza, una seguridad básica, al pensar en la imagen del Padre o nos florece una extraña sensación de angustia, exigencia o inseguridad? Continúa Jesús su catequesis con la visita del amigo inoportuno, aquel que nos remite a la necesidad de la insistencia en la petición y la actitud orante. Nos habla del pedir, buscar, encontrar. Allí me gustaría detenerme en el deseo, que es lo que mueve, en definitiva, las búsquedas. La oración nace en cada uno de nosotros, de nuestra situación de filiación, de nuestras vulnerabilidades que se abren a Dios para pedir y para agradecer. 
 
Ser hombres y ser mujeres de grandes deseos nos remite a la necesidad de tener búsquedas espirituales profundas, hacernos preguntas y buscar junto a Dios, educar nuestra libertad en la experiencia del encuentro. El deseo brota en nosotros de esa insatisfacción existencial de sentirnos que hemos sido creados para el encuentro con Dios y de que todo ser humano tiene una dimensión espiritual, un fondo trascendente. 
 
Algunas de las tentaciones que dificultan la vida de oración podrían ser el racionalismo, aquel que prescinde del lado oscuro y latente de la realidad, pretendiendo dominar todo desde la razón, desde la cabeza. El psicologismo que sospecha de los deseos y reduce al ser humano al psiquismo. El narcisismo que nos cierran en el yo. Un yo autosuficiente, consumista, vanidoso, que busca la imagen. El individualismo que nos ciega en el consumo, que anestesia las búsquedas espirituales. El activismo compulsivo que nos hace creer que no necesitamos de nadie y que solucionamos todo con nuestro esfuerzo. 
 
¿Con cuál o cuáles de dichas tentaciones nos sentimos identificados? ¿Qué pasos podemos dar para abrirnos al misterio de la oración? Insistir, permanecer, clamar, esperar son verbos edificados sobre la roca de una convicción que a lo gratuito también hay que disponerse. Aprender a orar es una gracia, pero también es un proceso que va a requerir de nuestra parte esfuerzo, disciplina, trabajo por unificar energías dispersas. Hacer todo en la vida como si dependiese de nosotros y esperarlo todo como si viniese de Dios, configura el principio ignaciano de nuestro actuar. Si vamos en la vida cultivando una atención descentrada de nuestro yo, si vamos creciendo en la capacidad de escucha, de respeto ante el misterio de los otros, iremos siendo más capaces de acoger a Dios, de dejarlo entrar a Dios en nuestras vidas, de permanecer también ante Él, cuando nos parece que en ocasiones está ausente. La fe y la vida están íntimamente conectados. La oración no debería, por tanto, conducirnos a un aislamiento de la realidad, sino al mirar la realidad con los ojos y el corazón compasivo de Cristo. 
 
Las contemplaciones nos ayudan a conocer internamente a Cristo, a seguirlo, a dejarnos, por tanto, educar la sensibilidad, la mirada, el oído, el tacto, el gusto, el olfato, decía Santa Teresa ‘No les pido que piensen en él, ni que saquen muchos conceptos, ni que hagan grandes y delicadas consideraciones, les pido que lo miren’ Este es el gran desafío, dejarnos mirar por el Señor, dejarnos mirar con un corazón compasivo de Cristo que nos estimula a la respuesta comprometidas. ¿Qué miedos se nos despiertan al ponernos en oración? ¿Qué resistencias tenemos que dejarnos trabajar por Dios para abrirnos a la experiencia del Espíritu? Es la actitud de descalzarse ante el misterio de Dios. De allí brota la intimidad, brota el encuentro. Y la oración tiene algo de eso, de éxodo, de ponernos en camino, de atrevernos a lanzar fuera de nosotros el ego y vivir la experiencia de Dios. Nos animamos a nacer de nuevo. Que Dios nos bendiga. El que es Padre, Hijo y Espíritu Santo.