Mons. Antúnez: “La imagen de este buen samaritano que es capaz de detenerse en la marcha de la vida, de mirar hacia los costados y descubrir el dolor que está subyacente en nuestros distintos círculos”

Compartimos la reflexión de Mons. Fabián Antúnez SJ, obispo de la Diócesis de San José de Mayo, compartida en el espacio “Palabra de Vida” en Puerto de Encuentro (Radio María Uruguay y Radio Manía) y “Momento de reflexión”en Radio 41 AM 1360, de este Domingo 13 de julio de 2025 (XV Domingo del tiempo durante el año)
Un saludo grande para toda la audiencia. El Evangelio de este Domingo nos presenta la parábola del buen samaritano, donde el protagonista de la misma, como su nombre lo indica, es uno que no pertenece al pueblo elegido, al pueblo de Israel, aquellos que consideraban a los samaritanos como de segunda. A nivel religioso, el protagonista, el samaritano, encuentra a un hombre caído al borde del camino, ha sido atacado, ha sido golpeado y lo toma bajo su cuidado. Detiene su marcha y expresa el amor a través de los gestos.
El Señor quiere, a través de esta parábola, ayudarnos a superar algunos prejuicios que pueden ser parte de nuestra mirada, de nuestro sentir, de nuestro actuar a nivel religioso, como un hombre que no pertenece al pueblo de Israel, que aparentemente no conoce la verdadera fe ni a Dios, se comporta en verdad en su corazón Como el corazón de Dios con compasión. En definitiva, Jesús quiere, a través de esta parábola, colocar el centro del actuar cristiano en la dimensión de la compasión. Por ese mismo camino nos relata la parábola. Previamente al samaritano han pasado un sacerdote, un levita, personas dedicadas al culto de Dios que, al ver al hombre tirado en el camino, prosiguen su marcha sin detenerse. Quizás anteponen a la norma de la misericordia detenerse ante el caído, esta norma religiosa de no contaminarse con la sangre. Los mismos son quizás reflejo de nuestras agendas, siempre llenas de nuestros compromisos que nos dan muchas veces control de la situación, control de la vida, pero que nos incapacitan para la respuesta que la compasión exige.
La compasión, en definitiva, brota con nuestro detenernos en la marcha, con nuestro. mirar al otro. En definitiva, en palabras de Lévinas, el filósofo, la instancia ética comienza con la decisión de mirar al otro, con la cercanía. Frente al rostro que nos interpela a una respuesta. ¿Cómo está nuestra mirada? ¿Cómo está nuestra capacidad de tener la marcha? ¿A quiénes nos cuesta mirar?, si vamos por las calles de nuestras ciudades, descubrimos cada vez más a personas en situación de calle atravesadas por las adicciones. ¿Cuál es nuestra actitud ante las mismas? ¿Somos capaces de mirarlos con ojos de misericordia? ¿Detenemos nuestra marcha? Surge ante ellos un trato humano o nuestro corazón misteriosamente se nos va petrificado, se nos ha ido endureciendo en el mismo comienza a ganar la frialdad.
Que experimenta, por tanto, nuestros sentidos ante los caídos que vemos en nuestro caminar. Podemos también descubrir en nuestro tiempo y rescatar tantas personas que quizás sin fe religiosa, tienen gestos grandes en la caridad, en la compasión. La respuesta, por lo tanto, a la parábola, ¿es quién es nuestro prójimo? ¿Quién actuó como prójimo del caído? Invierte el Señor la pregunta ante su interlocutor inicial que le pregunta sobre el mandamiento e invita a dar respuesta a la pregunta por el amor desde la compasión. Ser capaz de tener compasión, en definitiva, Es esa la clave, es la piedra de toque de la fe, de la caridad, y nos coloca la sintonía con el actuar de Jesús, el Hijo de Dios, hecho hombre, que asume nuestra carne, que se hace uno nuestro para enseñarnos de la compasión del corazón de Dios. Dios, en definitiva, es misericordia, es compasión, esto es lo central en el mensaje que Jesús vino a revelarnos.
Vamos a pedir la gracia de que nuestro corazón se vuelva parecido al Corazón de Cristo. La imagen de este buen samaritano que es capaz de detenerse en la marcha de la vida, que es capaz de mirar hacia los costados y descubrir el dolor que está subyacente en nuestros distintos círculos, que es capaz de ir también hacia las periferias para encontrar a los que están caídos, levantarlos, animarlos, sostenerlos. Que la Virgen Santísima, nuestra Madre, también nos ayude a comprender este misterio del amor, este vínculo ineludible que existe entre el amor a Dios nuestro Padre misericordioso y el amor concreto a nuestros hermanos. Y nos dé la gracia de tener la compasión expresada en los gestos y que Dios nos bendiga. El que es Padre, Hijo y Espíritu Santo.