Mons. Antúnez: “En la Eucaristía encontramos la presencia real del Señor que nos nutre por dentro… que nos enciende el corazón y nos impulsa a compartir con otros las razones de nuestra esperanza”

Compartimos la reflexión de Mons. Fabián Antúnez SJ, obispo de la Diócesis de San José de Mayo, compartida en la homilía de la celebración de la Santa Misa que presidió en Radio 41 AM 1360 y en Radio María Uruguay, junto a los “Mensajes dominicales” de los Obispos del Uruguay, de este Domingo 4 de agosto de 2024 (XVIII Domingo del tiempo durante el año)
Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 6, 24-35
Cuando la multitud se dio cuenta de que Jesús y sus discípulos no estaban en el lugar donde el Señor había multiplicado los panes, subieron a las barcas y fueron a Cafarnaún en busca de Jesús. Al encontrarlo en la otra orilla, le preguntaron: «Maestro, ¿cuándo llegaste?»
Jesús les respondió:
«Les aseguro
que ustedes me buscan,
no porque vieron signos,
sino porque han comido pan hasta saciarse.
Trabajen, no por el alimento perecedero,
sino por el que permanece hasta la Vida eterna,
el que les dará el Hijo del hombre;
porque es Él a quien Dios,
el Padre, marcó con su sello».
Ellos le preguntaron: «¿Qué debemos hacer para realizar las obras de Dios?»
Jesús les respondió: «La obra de Dios es que ustedes crean en Aquel que Él ha enviado».
Y volvieron a preguntarle: «¿Qué signos haces para que veamos y creamos en ti? ¿Qué obra realizas? Nuestros padres comieron el maná en el desierto, como dice la Escritura:
“Les dio de comer el pan bajado del cielo”»
Jesús respondió:
«Les aseguro que no es Moisés
el que les dio el pan del cielo;
mi Padre les da el verdadero pan del cielo;
porque el pan de Dios
es el que desciende del cielo
y da Vida al mundo».
Ellos le dijeron: «Señor, danos siempre de ese pan». Jesús les respondió:
«Yo soy el pan de Vida.
El que viene a mí jamás tendrá hambre;
el que cree en mí jamás tendrá sed».
Palabra del Señor.
Un saludo muy grande para toda la audiencia. La imagen inicial que nos brinda la primera lectura es la del pueblo de Israel, que ansía el pan de la esclavitud de Egipto. El pueblo se cansa de la libertad de este caminar en libertad, de las exigencias de la libertad, y comienzan a murmurar contra Dios, generando así una atmósfera de queja, de lamento. Sustituyen ellos en su sentir la memoria de las promesas de Dios, por la nostalgia de un pasado seguro pero ausente de horizontes.
Nos puede suceder esto frente a las invitaciones del Señor, a ir más allá, a caminar en medio de lo incierto, a transitar los senderos siempre sorprendentes, guiados por el Espíritu Santo. Comenzamos allí a murmurar, a dejarnos llevar por pensamientos que, viniendo del mal espíritu, nos roba la ilusión, la alegría, la esperanza. Nos dice el Papa ‘la murmuración es la peor cizaña, aquella que resquebraja las comunidades, las obras, los proyectos, las ilusiones’. ¿En qué situaciones experimentamos la tentación de la nostalgia? ¿Cuáles son aquellos ámbitos, aquellos espacios en donde generamos la cultura de la desolación? Importante será el detectar momentos, espacios, diálogos, pensamientos que viniendo de fuera nos roban la ilusión y la alegría. Este es el pecado del pueblo que empieza a ver el designio de Dios como un camino no de vida, sino de muerte. Empiezan a perder el sentido de la Providencia y comienzan a dudar de sus líderes de Moisés y Aarón. Se convierten en un pueblo desorientado, pierden el sentido de la marcha, sustituyen la tierra de la promesa por la seguridad. Son amenazados por la idolatría de la saciedad los bienes de consumo.
En el Evangelio se nos presenta la imagen de la multitud que suben a las barcas para encontrarse con el Señor. Le cuestiona que lo buscan no por los bienes eternos, sino porque han experimentado la saciedad de los bienes. Ante esto, podemos presentarnos ante el Señor y preguntarnos ¿por qué buscamos al Señor? ¿Qué mueve en nosotros la experiencia de acudir a su presencia?
Vamos a pedir la gracia de purificar nuestro camino de seguimiento frente a la nostalgia. Poder vivir la esperanza, vivir la memoria agradecida que nos impulsa a ir hacia atrás, pero caminando con ilusión, animándonos a preguntarle al Señor qué debemos hacer. El camino del cristiano se funda en el deseo. Es alguien que se viste. Nos vestimos de hombres nuevos, alguien dispuesto a nacer cada día.
Apostamos a un Señor que es pan de vida, que nos alimenta con su entrega generosa. En la Eucaristía encontramos la presencia real del Señor que nos nutre por dentro, que amplía nuestros horizontes, que sana nuestras heridas, que nos enciende el corazón y nos impulsa a compartir con otros las razones de nuestra esperanza. La Eucaristía anticipa en nosotros la realidad de la vida eterna. Es símbolo del banquete donde gozaremos de la presencia del Señor, de la alegría, del amor. En la Eucaristía podemos integrar todas las dimensiones de nuestra vida. Podemos sentirnos atraídos hacia el Señor que en su misericordia nos invita a ser personas de consolación para los demás.
La Eucaristía nos habla de ser vínculos, de comunión, de ser puentes en medio de la división. El Señor se coloca en medio de nosotros, nos da la gracia y nos da la fortaleza necesaria para superar las fracturas interiores, para unificarnos por dentro, para limpiar la mirada y encontrar allí la fortaleza del perdón. La Eucaristía también nos habla de camino espiritual, de itinerario, en donde el Señor nos va curando las heridas, nos va devolviendo las esperanzas.
Este es el proceso de los discípulos de Emaús que encuentran en la Eucaristía un lugar de integración de sus dolores y una fuente nítida de esperanza. En la celebración eucarística podemos sentir que nuestro corazón vuelve a encenderse de amor y retomamos con el corazón más cálidamente integrado a nuestras realidades cotidianas. ¿Damos lugares en la Eucaristía a integrar las pérdidas, a sanar las heridas? ¿Compartimos en el momento del ofertorio nuestra vida para que el Señor la siga transformando? Pidamos eso la gracia de que nuestros gestos sean capaces de generar comunión, fraternidad, solidaridad, justicia y que el Señor nos bendiga, El que es Padre, Hijo y Espíritu Santo.