Mons. Antúnez: “En la Ascensión la comunidad primitiva tiene que soltar, dejarlo ir, desapegarse de la carne para vivir la experiencia renovadora del Espíritu Santo”

Compartimos la reflexión de Mons. Fabián Antúnez SJ, obispo de la Diócesis de San José de Mayo, compartida en el espacio “Palabra de Vida” en Puerto de Encuentro (Radio María Uruguay y Radio Manía) y “Momento de reflexión”en Radio 41 AM 1360, de este Domingo 1 de junio de 2025 (Solemnidad de la Ascensión del Señor).
Un saludo para toda la audiencia. Les habla monseñor Fabián Antúnez, obispo de la Diócesis de San José de Mayo. Este Domingo celebramos como Iglesia la festividad de la Ascensión del Señor. Aquel que después de vivir junto a sus discípulos los 40 días pascuales, de encender nuevamente el corazón en la experiencia de la consolación, retorna ahora junto a Dios, vuelve al seno del Padre y por lo tanto la comunidad primitiva tiene que soltar, dejarlo ir, desapegarse de la carne para vivir la experiencia renovadora del Espíritu Santo.
Podemos intuir que, hasta la llegada del Espíritu, el día de Pentecostés, los discípulos continuarán sin comprender honda y profundamente la experiencia que les ha tocado atravesar. Podemos también preguntarnos nosotros cómo vivimos los desapegos como vivimos la experiencia de soltar, de dejar ir a gente que amamos y que en ocasiones la vida nos compromete a vivir estas dimensiones del amor. Muchas veces las ausencias nos dan medida de la presencia. Muchas veces valoramos aquello que teníamos cuando ha partido. Los invito y también me invito a título personal a preguntarnos por los vínculos fundamentales de nuestra existencia, aquellos que estamos llamados a cuidar, atesorar, a expresar el amor en los gestos y también a soltar, dejar ir como experiencia madurativa en el amor, hacernos conscientes de estos vínculos, atesorar en el corazón los momentos compartidos. También proyectar hacia adelante posibilidades de encuentro. La Ascensión de Jesús nos desafiará a la madurez, a asumir el compromiso de hacernos cargo como discípulos misioneros de transmitir la experiencia que hemos vivido junto al Señor.
Nos tocará con la asistencia del Espíritu Santo esto de evangelizar, de anunciar a otros el Kerigma al Cristo resucitado. El Señor nos abre el camino de los cielos y nos desafía a la tarea evangelizadora. Esta imagen del Papa Francisco de una Iglesia en salida, una Iglesia que no se mira a sí mismo, que no es autorreferencial, que va en búsqueda de las ovejas perdidas. Una Iglesia que en ocasiones también por distintas situaciones de la vida y por vivir la empatía y la compasión, muchas veces tendrá que ser vulnerable y herirse también en el encuentro con el otro. Pero recordamos aquello del Papa ‘prefiero una Iglesia accidentada por salir a buscar que una iglesia encerrada en sí misma, autorreferencial, egoísta’.
¿Cómo estamos viviendo como Iglesia este desafío de anunciar nuestra fe? ¿Qué creatividad colocamos en el anuncio? Las tentaciones tomarán forma de miradas entristecidos. O miradas que solo contemplarán el cielo. Hay que aterrizar la mirada, bajar a los rincones oscuros, necesitados de la presencia de Dios. Llevar el Evangelio a tantas noches oscuras, del dolor, de la soledad, de las pérdidas. Nace con la Ascensión y con Pentecostés, la Iglesia itinerante. El Señor confirma la predicación con los signos de expulsar demonios, de hablar nuevas lenguas, de poder también imponer las manos para sanar a los enfermos, de extender también siendo puentes, caminos de encuentro para con otros.
La fiesta de la Ascensión y el envío del Espíritu nos recordaran este destino final nuestro junto a Dios. Nos ayudará a entender que la crisis fundamental que vivimos en la existencia, el sentido de la vida tiene muchas veces su raíz en absolutizar lo creado, en la dificultad para sentirnos parte de una historia más grande de salvación, en la dificultad para sentirnos amados por el Señor de manera incondicional, invitados a vivir desde ya como resucitado, ¿cómo está nuestra mirada, donde perdemos la capacidad de asombro que necesitamos pedirle al Espíritu Santo que viene? Será este Espíritu el que nos descentra, el que hará nuevas todas las cosas, el que renovará nuestros odres nuevos, para que podamos, como Iglesia, dar a otros el vino nuevo del consuelo del Resucitado. Se nos envía a ser testigos en todo el mundo. Se abre para la Iglesia la universalidad de las culturas, se nos impone el desafío de ser puentes, de incorporar el Evangelio a tantas realidades necesitadas del amor y la misericordia. Somos felices en esta tarea del anuncio, porque Cristo, después de su resurrección y con el envío de su Espíritu, nos nombra a nosotros testigos del gozo, nos da la más bella tarea que se le pueda dar a otros, que es anunciar con gozo la experiencia del Resucitado. Pidamos la gracia, entonces, que nuestro corazón, recibiendo ese espíritu, pueda anunciarlo a otros con cercanía, con compasión, con misericordia y que el Señor nos bendiga. El que es Padre, que es Hijo y que es Espíritu Santo.