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Mons. Antúnez: “el Evangelio nos invita a considerar nuestra vida como simples servidores, a no creérnosla, a no crecer en la vanidad y en la soberbia, sino considerar la vida como un gran don que Dios nos regala”

Compartimos la reflexión de Mons. Fabián Antúnez SJ, obispo de la Diócesis de San José de Mayo, compartida en el espacio “Palabra de Vida” en Puerto de Encuentro (Radio María Uruguay y Radio Manía) y “Momento de reflexión”en Radio 41 AM 1360, de este Domingo 5 de octubre de 2025 (XXVII Domingo del tiempo durante el año).

Un saludo muy grande para toda la audiencia. El evangelio de este Domingo nos coloca delante diversas imágenes que nos ayudan a comprender el proceso espiritual que cada uno de nosotros podemos vivenciar en nuestro interior para seguir caminando en la conversión, en el acercamiento al Señor, en una vivencia más profunda del llamado del Señor.

La primera imagen es poder vivir el perdón y la reconciliación, que bien nos hacen los corazones reconciliados, aquellos corazones pacíficos que pueden en lo profundo, sentir que no guardan rencor, que no han ejercitado la venganza, que no viven de la agresividad. Sus corazones destilan paz, destilan arrepentimiento, destilan sencillez, destilan, en definitiva, capacidad de crear comunidad. ¿Cómo vivir este perdón? a lo que el Evangelio de este domingo nos desafía, que es el perdonar, siempre consideró que nos hace bien el mirar y dejarnos mirar al Señor, mirar al Señor puesto en la cruz y dejarnos también mirar por Él, para que aquello que Él trae como principal don que es la reconciliación, pueda efectivamente arribar a nuestros corazones, a nuestros gestos, a nuestras actitudes, ¿a quienes debo perdonar? ¿Qué debo soltar? La agresividad, la venganza, la violencia, el estar siempre pendiente de las heridas, las faltas de autoestima que muchas veces nos roban también la capacidad de tener un corazón grande.

Y el siguiente desafío que nos pone el Evangelio es esa petición que hacen los apóstoles al Señor ‘Auméntanos la fe’. La fe es un regalo, es un don, es una gracia que Dios nos concede. Pero la misma puede cultivarse, la misma puede acrecentarse a través de la oración, a través de la Eucaristía, celebrada con devoción a través de los actos de perdón y reconciliación, a lo que hemos hecho alusión en primera parte de este Evangelio. También a través del apostolado y el vivir la vida como misión. ¿Cómo está nuestra fe? ¿Cómo está este don que hemos recibido? ¿Que vamos gestionando nuestro interior para que la misma pueda crecer? El Señor nos pone delante, ‘si tuviéramos fe como un grano de mostaza’. La invitación es a que nuestra fe sea algo sencillo, aparentemente imperceptible, como este grano de mostaza, pero que muriendo, siendo enterrado en la tierra, da muchos frutos. ¿A qué debo morir para crecer? ¿Qué debe en mi engendrarse? ¿Qué debe ir creciendo como ese pequeño grano de mostaza que después se convierte en un gran árbol.

Seguidamente, el Evangelio también nos invita a considerar nuestra vida como simples servidores, a no creérnosla, a no crecer en la vanidad y en la soberbia, sino considerar la vida como un gran don que Dios nos regala. Pidamos la gracia también a la luz del Evangelio, de sentir nuestra vida para el servicio, para servir, que los talentos, los dones, las cualidades, los dones que el Señor nos regala, son en verdad para ponerlos al servicio del bien común, a la construcción del tejido social, a proyectos de cualquier índole que saque nuestro corazón hacia afuera, que hagan emerger de nosotros nuestros talentos creativos, capaces de soñar cosas lindas y bellas para los demás. De los testimonios más más bonitos de perdón que me ha tocado experimentar en esta peregrinación que hemos venido realizando uno es el de Maximiliano Kolbe en los campos de concentración que entrega, dona su vida y muere la vida perdonando. Otro es el de el Papa San Juan Pablo II, que perdona a aquel que le dispara e intenta su muerte, lo reencuentra en conversaciones y lo trata como a un amigo cercano. Corazones grandes, almas nobles, espíritus, buscadores de Dios que nos hacen mucho bien como humanidad. Ojalá que también estos testimonios nos ayuden a a crecer, a abrir nuevos horizontes, a ser hombres y mujeres de reconciliación. Y que el Señor nos bendiga. El que es Padre, Hijo y Espíritu Santo.