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Mons. Antúnez: “el desafío de trabajar un cristianismo que influya en la sociedad, especialmente a través de la empatía, la compasión, la caridad, la justicia social, la amistad con los pobres de la tierra”

Compartimos la reflexión de Mons. Fabián Antúnez SJ, obispo de la Diócesis de San José de Mayo, compartida en el espacio “Palabra de Vida” en Puerto de Encuentro (Radio María Uruguay y Radio Manía) y “Momento de reflexión”en Radio 41 AM 1360, de este Domingo 31 de agosto de 2025 (XXII Domingo del tiempo durante el año)

Un saludo muy grande para toda la audiencia. El punto en común entre la primera lectura y el Evangelio nos vienen dados por la virtud de la humildad, que debemos buscar caminos de enraizamiento de la misma en cada uno de nosotros. ‘Realiza tus obras con modestia’, nos dice la primera lectura. Cuando más grande seas, más humilde nos dice. Y en el Evangelio nos dice ‘Cuando te inviten a una boda, ve a colocarte en el último lugar’. La humildad viene de humus, que significa tierra, y más concretamente, la capa fecunda de la tierra que ofrece grandes posibilidades a la vida. Esta tierra está al alcance de nuestras manos para manipularla y para hacer de ella un jardín, un surco, una trinchera. Es la mejor herencia de siglos de evolución de muchas especies vegetales, minerales, animales que han dejado sus nutrientes para las generaciones futuras. Todos somos humus, somos tierra fértil. Animados por el Espíritu de Dios. Somos barro limitado, pero que puede transfigurarse.

En el relato del Génesis al comienzo de la creación. Recordemos que Dios tomó el barro y sopló dándole su Espíritu Santo. Un barro amado por Dios. Un barro que nos muestra la fragilidad de la que somos, pero animados por el Espíritu Santo que nos da a todos horizontes de trascendencia.

La humildad, para muchos de nuestros contemporáneos, lleva consigo un signo de tristeza, de sumisión, de pasividad, que no tiene nada que ver con la creatividad y la alegría del Evangelio. Dice Santa Teresa de Jesús que la humildad es andar en verdad en su Libro de las Moradas, en la verdad de que la verdad de nuestro límite, pero vivido en el amor creador de Dios, en la verdad de nuestra finitud, de nuestra vulnerabilidad. La humildad, por tanto, nos da proporciones, nos impone el realismo de que no somos omnipotentes, Pero que si somos fruto del amor incondicional de Dios que nos impulsa a la creatividad. En la humildad se encuentran conjugadas la apertura a la fecundidad de la tierra y también la herida del límite. El límite como espacio de comunión y de fraternidad. La persona humilde ha hecho el proceso y la experiencia de la bondad inagotable de Dios que se da a sí mismo en los dones. Se ve a sí mismo, a su vez desde la originalidad propia y se abre a la comunión con Dios y con los demás. No solo acepta recibirse de Dios, sino que se dona también de manera creativa a los demás. La persona humilde que asume sus heridas y las va trabajando va adquiriendo este don de reconciliación con su propia historia. Y la alegría no le viene dado de mirarse la imagen perfeccionista, sino de sentirse mirada humildemente por Dios y dejar fluir libremente en sus vidas por las grietas, por las heridas, la sanación de Dios. Estas personas humildes generan buen ambiente, estimulan el trabajo en equipo, favorecen el desarrollo de las potencialidades de los demás.

Se me viene el preguntarnos para la semana ¿Cómo trabajar la humildad? ¿Qué importancia para cada uno de nosotros de la humildad en nuestras vidas? ¿Cómo vamos integrando en nuestras vidas las heridas, el límite, el fracaso, las crisis que la vida nos ofrece como ocasión de maduración? En esta línea, el mensaje de Jesús ‘No te coloques en el primer lugar en las invitaciones a las celebraciones. Ve a colocarse en el último sitio’. Los invito, a la luz de este evangelio, a rastrear los deseos del corazón. Si nuestro corazón quiere los primeros puestos o está disponible al servicio oculto. No se trata de ser autosuficiente, sino agradecidos del don personal del amor de Dios para devolverlo a la sociedad.

Muchas veces nos sucede que carecemos de confianza en nosotros mismos. En ocasiones, por el contrario, avasalla al resto. Nos mostramos ansiosos. Destroza los límites de los demás, carentes de paciencia interior. Detectamos que corremos muchas veces tras espejismos de un reconocimiento vacío que nos ofrece esta sociedad del bienestar. Quizás el silencio interior, el escuchar la voz de Dios que nos habla de nuestra valía como hijos muy amados, nos ayude al arte de la reconciliación con nosotros mismos. Quizás los errores y hasta el propio pecado personal vivido en horizonte de misericordia haya sido fuente pedagógica que nos ayude a reconocer que Dios nos visita especialmente en la vulnerabilidad y en las heridas. En esta misma línea se inserta el desafío de trabajar un cristianismo que influya en la sociedad, especialmente a través de la empatía, la compasión, la caridad, la justicia social, la amistad con los pobres de la tierra. ‘Cuando des un almuerzo, no invites a tus vecinos ricos’, dice el Evangelio. En esta cultura de las influencias de las amistades de ocasión de asegurarnos contactos que nos permitan avanzar en la sociedad, resulta difícil esto de atender a los que no cuentan, a los que son descartables. Educar. Por lo tanto, el corazón en esta sensibilidad constituye un dato importante de la ética, un descubrir la belleza del Cristo presente en el ropaje del necesitado. Educar la mirada para reconocer su presencia oculta en la no belleza del frágil, del pobre, del anciano solo. Liberar la sensibilidad para acercarnos, por tanto, a los lugares dolientes con el bálsamo del consuelo. Aceptar este camino de perder la vida en la hora invertida, en la escucha de aquellos que no cuenten. En aquellos ancianos solitarios de los hogares o en dar un plato de comida al que está necesitando. Y que el Señor nos ayude a entender esta lógica y a vivirla y que nos bendiga a Él que es Padre, Hijo y Espíritu Santo.