Mons. Antúnez: “El tesoro de la fe que debemos mostrar a otros anunciando la belleza del creer”

Compartimos la reflexión de Mons. Fabián Antúnez SJ, obispo de la Diócesis de San José de Mayo, compartida en la homilía en la Eucaristía en radio 41 AM 1360 de este Domingo 21 de junio de 2026, XII Domingo del tiempo durante el año.
Un saludo muy grande para toda la audiencia. El Evangelio de este Domingo pone el foco en el tema de los miedos, los temores que nos afectan como personas y que muchas veces nos paralizan en nuestros procesos de crecimiento, de maduración, nos roban la alegría espiritual y nos sumergen en los encierros, los desencantos, cuando no en la depresión y en la oscuridad interior de la desolación espiritual. Todos tenemos miedos, muchos son irracionales, algunos no son conscientes. Otros quizás aún no han sido formulados en razonamientos a nuestro yo.
En el Evangelio se nos especifica en tres momentos este tema No teman a los hombres, no teman a los que matan el cuerpo. No teman, porque valen mucho más que los pájaros. Hay una gran insistencia de Jesús. No solo en este texto, sino en todo el Evangelio. A no temer. No tengan miedo, no tengan miedo. Podría ser una de las grandes enseñanzas del Evangelio. Y en las apariciones del Resucitado, lo primero que anuncia las comunidades sumidas en el temor es no teman, no teman, porque yo estoy vivo en medio de ustedes. Sin embargo, el miedo es algo cotidiano, muy humano. Todos sufrimos de esta realidad por más fe, por más convicción, por más opción fundamental que hayamos hecho. Hay una parte del corazón que teme, que tiene miedo, que guarda algún resquicio de temor. Los miedos. Habría que diferenciarlos de la prudencia, que es una virtud que nos invita a detenernos antes de actuar para discernir lo pertinente conforme al buen espíritu. Ante la realidad de los miedos. Quizás lo primero sería dialogar con ellos, hacernos conscientes de los miedos, llevarlos del terreno secreto y sombrío a una realidad más luminosa para poder trabajar sobre ellos. Dialogar con los miedos supondrá tomar distancia de nosotros mismos, mirarlo con la luz de Dios que ilumina las tinieblas. No hay nada oculto que no deba ser revelado.
Dice el Evangelio nada secreto que no deba ser conocido. En esta línea, la verbalización, la posibilidad de objetivar los sentimientos con alguna persona que conozca de discernimiento espiritual nos ayuda y favorece a que la dinámica de la tentación de los miedos no tome la centralidad de nuestros corazones. Los miedos tienden a paralizarnos, a robarnos los sueños. Los miedos tienden a mostrarnos que no podemos y nos roban la autoestima. Los miedos nos encadenan y nos enredan por dentro. Los miedos tienen que ver con nuestra historia personal, con nuestras heridas, con nuestras personalidades que vamos fraguando, con las decisiones que tomamos, que tomamos frente a los miedos. El Señor nos invita a la confianza, a sentir que nuestra vida tiene otro anclaje, otra solidez en la que apoyarse. Nos dice que no temamos a los que matan el cuerpo. Allí los invito a mirar los miedos que se refieren a las relaciones humanas, a nuestros vínculos, especialmente con aquellos que pueden tener sobre nosotros una relación de autoridad o de poder. Quizás en este punto nos ayudará a hacernos conscientes qué personas, qué situaciones, qué relaciones generan en mí miedos y temores. ¿Dónde tienen su origen los mismos? ¿Puedo contribuir a que ellos disminuyan? En ocasiones sentiremos miedo y tendremos que caminar sin desanimarnos, intentando que los mismos no nos paralicen. En otras situaciones, los miedos nos revelarán nuestros caminos de ansiedad y control. Jesús experimentó eso en su vida y nos invita a dialogar con los miedos, confiando en el Padre que es providente y se ocupa de cada uno de nosotros. La conciencia en Jesús de la providencia de Dios lo ayuda a caminar en libertad, sintiendo que tu vida tiene, que su vida tiene otro sostén, otra contención, otro horizonte marcado por el amor, su imagen de Dios hecho hombre que experimenta en Getsemaní. Los miedos y la soledad nos ayudan a profundizar en una fragilidad confiada al Padre que lo que lo asiste con la presencia del Espíritu, sin ahorrarle la crisis, sin ahorrarle las angustias.
Este evangelio nos conecta a sí mismo con el cuidado de Dios por cada uno de nosotros. El Evangelio nos invita a liberar a la libertad profunda, a liberarnos de tantas expectativas que depositamos en la mirada externa o en el excesivo control que ejercitamos sobre nuestra vida. Sentir que la vida está en buenas manos, en las manos de Dios. Sentir que lo que nos toca es poner los medios y utilizar nuestra inteligencia, reflexión, talentos y capacidades, pero esperarlo todo de Dios. El punto a discernir es el abandono en Dios y el poner los medios. Tenemos un tesoro que no podemos ocultar en la fe. El tesoro de la fe que debemos mostrar a otros anunciando la belleza del creer. Pidamos la gracia, que el Señor se siga derramando a través de nuestros pobres medios, sintiéndonos amados por Dios, bendecidos en su presencia y que el Señor nos bendiga. El que es Padre, Hijo y Espíritu Santo.