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MONS. RICARDO DI MARTINO: Un cura de Alma

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Este 8 de setiembre se cumplirían 71 años desde que Mons. Ricardo Di Martirio asumió como párroco en nuestra Catedral. Los ecos de su recuerdo y cientos de anécdotas, pueblan la memoria de los maragatos. También se recuerda este mes, la fecha de su fallecimiento, que aconteció el 5 de setiembre de 1974.

Entrevista: Tomás Puerto
facebook.com/tomasclaudio.puertobarcelo

MONSEÑOR RICARDO DIMARTINO
Un cura de Alma

Las elecciones generales de 1946 en Uruguay fueron llevadas a cabo el domingo 24 de noviembre de ese año. En esta ocasión se registró un nuevo triunfo del Partido Colorado y su fórmula ganadora integrada por Tomás Berreta y Luis Batlle Berres, asumió el 1o de marzo de 1947

La 3ª edición de la Vuelta Ciclista del Uruguay Atilio Françoise ganó 6 de las 9 etapas y se llevó la victoria general.

El julio 15 de ese año se firma el Convenio de pago con Inglaterra y se transfiere al Estado la propiedad de las empresas de ferrocarriles, aguas corrientes y de los tranvías.

En ese escenario un jovencito de apenas seis años no se iba a quedar solo en su casa, su madre fue llamada por Di Martino para ser la mucama en la casa de los sacerdotes y su tía Josefina, la cocinera.

Hacían comida para treinta chiquilines y ocho curas además de Villasboas y Lemes.

Trabajaban desde las siete de la mañana a las diez de la noche.

En los primeros tiempos esperaba que se hicieran la diez de la noche para regresar a casa.

A las ocho de la noche me venía sueño que no podía disimular y comencé a quedarme debajo de una mesa.

Unas bolsas hacían de colchón.

Un día Di Martino dijo “ese niño no puede quedarse ahí”

Era muy exigente, quería que las cosas salieran bien.

Su sangre italiana afloraba en todo momento.

– Éramos treinta muchacho -dice Hugo- el pobre hombre cargaba con, los problemas de cada uno de nosotros además de orientar y atender a los curas. El salón grande por calle treinta y tres, estaba arreglado con veinte camas y veinte camas, veinte armarios y la cortina… era precioso. Había noches que se tiraban con cepillos de dientes, zapatos almohada… y no me dejaban dormir. Yo tenía que ir a la escuela. Ellos tenían las clases ahí, con dos maestros particulares, pues era un pre-Seminario. Se preparaban para llegar al seminario de Montevideo.

“Di Martino estaba loco de la vida con ese proyecto -contaba Hugo- pues era un cura de ley, de vocación. Un Cura, con toda la palabra”.

Más adelante -agregaba- que Monseñor Di Martino cargaba a la mayoría de los niños en su auto Studebaker y los llevaba a Nazareth.

– La primera vez que fui me asusté -contaba Hugo- pues Di Martino nos hacía rezar en el viaje. Yo pensaba que nos iba a pasar algo”.

Nazareth es un lugar a orillas del río San José. Allí había huerta y se criaban dos cerdos que eran faenados para el consumo de los sacerdotes, los empleados y colaboradores.

–  Me parece verlos con una túnica blanca ir al río con nosotros a bañarnos. El nadaba muy bien y de túnica.

De regreso también se rezaba.

Era muy gracioso pues el usaba un pito cuando estábamos en el dormitorio para llamar a almorzar. Al terminar de comer nos daba soda. Nos hacía hincar y abrir la boca. Iba pasando y dejaba escapar un chorrito. Parecíamos unos pajaritos. Había que ahorrar. La soda se daba en ocasiones especiales. El resto de los días nos daba agua.

Hugo recuerda cuando se compró una máquina de cine y se daba una matiné para los niños luego de la misa. Era parte de la catequesis. Don Ricardo aparecía en silencio. Se sentaba siempre en el mismo lugar.

Le traía un refuerzo de mortadela y un refresco. Luego se iba sin palabra.

Las puertas y el piso de baldosas del atrio fue iniciativa de él y la Damas, acercadas a la iglesia, que trabajaban para lograr los fondos. El escudo sobre el marco de la entrada a la catedral es del primer Obispo Monseñor Baccino. Han pasado otros obispo y ese escudo se mantiene.

Emprendedor, sin recursos, se las ingeniaba para conseguir lo que se proponía. Siempre tenía un electricista, un carpintero, un pintor, un albañil amigo, que ayudaba en el mantenimiento del templo.

A Di Martino le gustaba la pomposidad.

Las “funciones” eran brillante como los Te Deum, los 25 de agosto. Participaban autoridades políticas, militares y policiales. Los pabellones eran custodiados por un militar y un bombero vestidos de gala. Se dejaban caer desde la cúpula, cortinas sobre el altar, con los colores de la patria. Se adornaban las columnas. A la entrada, aún están los aros en la parte superior de la puerta central que sostenían las cortinas y el pomo a los costados donde se ataban.

A Villasboas le hacía tocar las campanas, que dan a la izquierda, ingresando al templo a las seis menos cuarto, para la misa de seis de la mañana. Aún están las piolas para hacerlas sonar.

Di Martino era muy vital.

Su debilidad, los niños. A ellos no les podía faltar nada.

Un día -según Hugo- llegó alguien que se presentó como Teniente Cura y quería hablar con Di Martino, era Herbé Seijas Sabio.

“Cuando estábamos enfermos nos llevaba a una habitación contigua a la suya. El se transformaba en un enfermero, controlando la temperatura dando los medicamentos. Nos curaba, con su cariño y dedicación, cosa que ejercía día y noche.

Siempre vestido de sotana recorría cuanto rincón tenía la iglesia.

Cuando lo nombraron Prelado Doméstico de su Santidad le mandaron desde Roma toda la vestidura de Monseñor hasta los zapatos con una enorme hebilla cuadrada dorada. Eso significó mucha alegría para él. Se ponía todo el atuendo morado y se paseaba luciéndolo.

En las procesiones era el momento de revestirse de esa manera y caminaba debajo de un palio -que se utiliza en las procesiones para resguardar al portar el Santísimo Sacramento- sostenido por cuatro hombres veteranos de la Cofradía. La sociabilidad de Di Martino era increíble. Tenía un doble sentido agasajarlos y comprometerlos para las diferentes obras o beneficios que se emprendían.

Era muy común verlo almorzar con González Albistur, Dr. Ramón Chapper, Dr. Chavarría, Esc. Luis Arnábal Márquez, Alejandro Zorrilla, entre otros.

Una de las visitas relevantes que tuvo Di Martino fue José Mojica. El tenor más famoso había abandonado su carrera artística y llegó a San José como sacerdote. En lo que es hoy, el Hogar Católico, había un piano. Allí él se ejercitaba haciendo escalas. Di Martino y todo el personal y los curas lo rodeaban para escucharlo.

– Dígame padre después de haber tenido tanta fama, de haber cantado en los más famosos teatros del mundo, haber hecho películas… por qué hoy es sacerdote.

– No era feliz con todo eso – contestó- Fray José de Guadalupe Mojica

La iglesia tenía una vida muy especial con Monseñor Di Martino. Había un contacto muy directo con la gente la que asumía el compromiso de dar todo por la casa del Señor.